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Edición 2944 - Viernes 21 de Noviembre de 2008
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Hepatitis C: Una epidemia silenciosa


La denominación de hepatitis se utiliza para designar los procesos inflamatorios agudos o crónicos que se producen en el hígado. Su origen puede ser tóxico (alcohol, algunos medicamentos, etc.), autoinmune, o infeccioso (hepatitis virales). Entre los virus que causan hepatitis, los más frecuentes son los virus de la hepatitis A, B y C.



Por qué es un problema la hepatitis C
Desde su identificación, en 1989, el virus de la hepatitis C ha sido extensamente estudiado, y se lo ha relacionado con las hepatitis postransfusionales. Según datos provenientes de los bancos de sangre de nuestro país, se estima que en la Argentina existen entre 300.000 y 350.000 infectados. Aproximadamente uno de cada cien donantes de sangre está infectado con este virus.
En EE.UU., la hepatitis C es la primera causa de trasplante hepático y provoca entre 8.000 y 10.000 muertes anuales.
El virus de la hepatitis C se encuentra en la sangre y, con menores concentraciones, en el semen y la saliva.
Este virus causa muy pocos o ningún síntoma al ingresar en el organismo (infección aguda). Más del 70% de los adultos con hepatitis C no pueden eliminarlo completamente después de la infección aguda, lo que causa una infección persistente con distintos grados de inflamación hepática (hepatitis crónica), que puede evolucionar a cirrosis a lo largo de varias décadas.



Cómo se contagia
El virus de la hepatitis C se contrae por contacto directo con sangre o fluidos corporales de una persona infectada, por ejemplo, al compartir jeringas. Sin embargo, existen vías de transmisión aún desconocidas, las que actualmente son responsables de hasta un 40% de las infecciones.
La transmisión por vía sexual o de madre a hijo durante el parto, si bien es posible, resulta excepcional, y su frecuencia es mucho menor que en los casos de infección por virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) y hepatitis B. Por este motivo, el uso del preservativo para prevenir la transmisión del virus C no está universalmente recomendado en parejas monogámicas, aunque es conveniente analizar cada caso individualmente.
Los familiares que conviven con pacientes que padecen hepatitis C no tienen un riesgo mayor que el de la población general de contraer la infección. A diferencia de lo que sucede con la hepatitis A, el virus de la hepatitis C no se transmite por el agua o los alimentos.



Cuáles son los síntomas
La infección aguda por virus C generalmente no presenta un cuadro de hepatitis típico (fiebre, coloración amarillenta de la piel y de los ojos, pérdida de apetito, náuseas, vómitos, orina oscura y cansancio excesivo), por lo que puede pasar inadvertida.
La hepatitis crónica por virus C se puede manifestar con fatiga, cansancio fácil, o bien puede ser totalmente asintomática.



Cómo se realiza el diagnóstico
Cuando ingresa en el organismo, el virus genera una respuesta del sistema inmune que se traduce en la formación de anticuerpos. En la mayoría de los casos, estos anticuerpos se mantienen en la sangre durante toda la vida. Para saber si una persona está infectada por el virus de hepatitis C, debe realizarse un estudio para la detección de anticuerpos contra ese virus.
Existen otros tests moleculares, como la PCR, que permiten detectar la persistencia del virus en el organismo, y que se indican en algunas situaciones especiales.



Quiénes deben realizarse el test de anticuerpos
• Personas que hayan consumido drogas endovenosas (independientemente del tiempo de consumo). El abuso de drogas inhalatorias también se relaciona con un riesgo incrementado de adquirir hepatitis C.
• Receptores de trasplantes de órganos.
• Personas que han recibido transfusiones de sangre o derivados, especialmente los transfundidos antes de 1992.
• Pacientes que requieren hemodiálisis (riñón artificial).
• Personas sometidas a procedimientos quirúrgicos (plásticas, celuloterapia, tatuajes, perforaciones, etc.) o tratamientos prolongados que requieren la aplicación de inyecciones.
• Personas con parejas sexuales múltiples o cuya pareja es portadora de hepatitis C.
• Hijos de madres con hepatitis C.
• Trabajadores expuestos al contacto con sangre o derivados de la misma (médicos, bioquímicos, instrumentadores, enfermeros, personal de laboratorio).



Por qué y para qué examinarse
El virus de la hepatitis C es capaz de provocar un estado de inflamación hepática persistente con síntomas muy leves o inexistentes, por lo que el deterioro hepático puede pasar inadvertido durante períodos prolongados. El daño progresivo sólo se manifiesta en estadios avanzados de la enfermedad. Hasta ese momento, la persona desconoce su condición de portador del virus y, por lo tanto, no puede tomar medidas para reducir las consecuencias (tratamientos antivirales específicos, restricción de alcohol y otros tóxicos, etc.).
La hepatitis crónica, con el tiempo, puede provocar daños hepáticos irreversibles que podrían haberse prevenido con el tratamiento adecuado. Cuanto antes se inicien estos cuidados, existen mayores probabilidades de detener y revertir este daño.



Tratamientos posibles para la hepatitis C
Existen drogas antivirales (como el interferón) que, administradas durante períodos prolongados (de seis a doce meses), y asociadas a otros antivirales orales como la ribavirina, han demostrado ser eficaces en cerca de un 50% de los pacientes: detienen el daño hepático y, en algunos casos, logran la erradicación viral completa.
No todos los pacientes pueden recibir el mismo tratamiento, sino que este debe adecuarse a cada situación clínica particular.
Los avances científicos y tecnológicos de los últimos años nos permiten contar con otras herramientas que sirven de apoyo para el manejo de los pacientes con hepatitis C. Los métodos de biología molecular, como la PCR, brindan información de gran importancia para el correcto manejo y control de los tratamientos antivirales.



¿Cuáles son las medidas de prevención: ¿existe una vacuna?
Aún no se dispone de una vacuna eficaz para evitar la infección por el virus de hepatitis C. La gran variabilidad del virus es uno de los factores que dificulta la elaboración de una vacuna en un futuro inmediato. Por lo tanto, las medidas de prevención son fundamentales:
• Evitar el contacto directo con sangre (respecto de las transfusiones, en la actualidad los bancos de sangre disponen de controles adecuados para transfundir sangre segura).
• No compartir afeitadoras, cepillos de dientes ni otros elementos cortantes con personas infectadas por el virus C.


Si Ud. tiene o tuvo hepatitis C, es conveniente que realice un control médico periódico para definir si puede beneficiarse con algún tratamiento antiviral indicado oportunamente, y si es necesario que reciba la vacuna para la hepatitis A y B. Además, no olvide cumplir con la restricción del consumo de alcohol y de otros tóxicos hepáticos, como aspirinas y derivados.



 


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