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La
denominación de hepatitis se utiliza para designar
los procesos inflamatorios agudos o crónicos que
se producen en el hígado. Su origen puede ser tóxico
(alcohol, algunos medicamentos, etc.), autoinmune, o infeccioso
(hepatitis virales). Entre los virus que causan hepatitis,
los más frecuentes son los virus de la hepatitis
A, B y C.

Por
qué es un problema la hepatitis C
Desde su identificación, en 1989, el virus de
la hepatitis C ha sido extensamente estudiado, y se lo ha
relacionado con las hepatitis postransfusionales. Según
datos provenientes de los bancos de sangre de nuestro país,
se estima que en la Argentina existen entre 300.000 y 350.000
infectados. Aproximadamente uno de cada cien donantes de
sangre está infectado con este virus.
En EE.UU., la hepatitis C es la primera causa de trasplante
hepático y provoca entre 8.000 y 10.000 muertes anuales.
El virus de la hepatitis C se encuentra en la sangre y,
con menores concentraciones, en el semen y la saliva.
Este virus causa muy pocos o ningún síntoma
al ingresar en el organismo (infección aguda). Más
del 70% de los adultos con hepatitis C no pueden eliminarlo
completamente después de la infección aguda,
lo que causa una infección persistente con distintos
grados de inflamación hepática (hepatitis
crónica), que puede evolucionar a cirrosis a lo largo
de varias décadas.

Cómo
se contagia
El virus de la hepatitis C se contrae por contacto
directo con sangre o fluidos corporales de una persona infectada,
por ejemplo, al compartir jeringas. Sin embargo, existen
vías de transmisión aún desconocidas,
las que actualmente son responsables de hasta un 40% de
las infecciones.
La transmisión por vía sexual o de madre a
hijo durante el parto, si bien es posible, resulta excepcional,
y su frecuencia es mucho menor que en los casos de infección
por virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) y hepatitis
B. Por este motivo, el uso del preservativo para prevenir
la transmisión del virus C no está universalmente
recomendado en parejas monogámicas, aunque es conveniente
analizar cada caso individualmente.
Los familiares que conviven con pacientes que padecen hepatitis
C no tienen un riesgo mayor que el de la población
general de contraer la infección. A diferencia de
lo que sucede con la hepatitis A, el virus de la hepatitis
C no se transmite por el agua o los alimentos.

Cuáles
son los síntomas
La infección aguda por virus C generalmente
no presenta un cuadro de hepatitis típico (fiebre,
coloración amarillenta de la piel y de los ojos,
pérdida de apetito, náuseas, vómitos,
orina oscura y cansancio excesivo), por lo que puede pasar
inadvertida.
La hepatitis crónica por virus C se puede manifestar
con fatiga, cansancio fácil, o bien puede ser totalmente
asintomática.

Cómo
se realiza el diagnóstico
Cuando ingresa en el organismo, el virus genera una
respuesta del sistema inmune que se traduce en la formación
de anticuerpos. En la mayoría de los casos, estos
anticuerpos se mantienen en la sangre durante toda la vida.
Para saber si una persona está infectada por el virus
de hepatitis C, debe realizarse un estudio para la detección
de anticuerpos contra ese virus.
Existen otros tests moleculares, como la PCR, que permiten
detectar la persistencia del virus en el organismo, y que
se indican en algunas situaciones especiales.

Quiénes
deben realizarse el test de anticuerpos
Personas que hayan consumido drogas endovenosas
(independientemente del tiempo de consumo). El abuso de
drogas inhalatorias también se relaciona con un riesgo
incrementado de adquirir hepatitis C.
Receptores de trasplantes de órganos.
Personas que han recibido transfusiones de sangre
o derivados, especialmente los transfundidos antes de 1992.
Pacientes que requieren hemodiálisis (riñón
artificial).
Personas sometidas a procedimientos quirúrgicos
(plásticas, celuloterapia, tatuajes, perforaciones,
etc.) o tratamientos prolongados que requieren la aplicación
de inyecciones.
Personas con parejas sexuales múltiples o
cuya pareja es portadora de hepatitis C.
Hijos de madres con hepatitis C.
Trabajadores expuestos al contacto con sangre o derivados
de la misma (médicos, bioquímicos, instrumentadores,
enfermeros, personal de laboratorio).

Por
qué y para qué examinarse
El virus de la hepatitis C es capaz de provocar un
estado de inflamación hepática persistente
con síntomas muy leves o inexistentes, por lo que
el deterioro hepático puede pasar inadvertido durante
períodos prolongados. El daño progresivo sólo
se manifiesta en estadios avanzados de la enfermedad. Hasta
ese momento, la persona desconoce su condición de
portador del virus y, por lo tanto, no puede tomar medidas
para reducir las consecuencias (tratamientos antivirales
específicos, restricción de alcohol y otros
tóxicos, etc.).
La hepatitis crónica, con el tiempo, puede provocar
daños hepáticos irreversibles que podrían
haberse prevenido con el tratamiento adecuado. Cuanto antes
se inicien estos cuidados, existen mayores probabilidades
de detener y revertir este daño.

Tratamientos
posibles para la hepatitis C
Existen drogas antivirales (como el interferón)
que, administradas durante períodos prolongados (de
seis a doce meses), y asociadas a otros antivirales orales
como la ribavirina, han demostrado ser eficaces en cerca
de un 50% de los pacientes: detienen el daño hepático
y, en algunos casos, logran la erradicación viral
completa.
No todos los pacientes pueden recibir el mismo tratamiento,
sino que este debe adecuarse a cada situación clínica
particular.
Los avances científicos y tecnológicos de
los últimos años nos permiten contar con otras
herramientas que sirven de apoyo para el manejo de los pacientes
con hepatitis C. Los métodos de biología molecular,
como la PCR, brindan información de gran importancia
para el correcto manejo y control de los tratamientos antivirales.

¿Cuáles
son las medidas de prevención: ¿existe una
vacuna?
Aún no se dispone de una vacuna eficaz para
evitar la infección por el virus de hepatitis C.
La gran variabilidad del virus es uno de los factores que
dificulta la elaboración de una vacuna en un futuro
inmediato. Por lo tanto, las medidas de prevención
son fundamentales:
Evitar el contacto directo con sangre (respecto de
las transfusiones, en la actualidad los bancos de sangre
disponen de controles adecuados para transfundir sangre
segura).
No compartir afeitadoras, cepillos de dientes ni
otros elementos cortantes con personas infectadas por el
virus C.

Si
Ud. tiene o tuvo hepatitis C, es conveniente que
realice un control médico periódico
para definir si puede beneficiarse con algún
tratamiento antiviral indicado oportunamente, y
si es necesario que reciba la vacuna para la hepatitis
A y B. Además, no olvide cumplir con la restricción
del consumo de alcohol y de otros tóxicos
hepáticos, como aspirinas y derivados.
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