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Edición 2944 - Viernes 21 de Noviembre de 2008
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Noviembre de 2001
 

DOS MESES DE GUERRA CONTRA EL TERRORISMO

BAJO LA CONMOCIÓN

"UN MONOPOLIO EN EL AREA CULTURAL ES UNA PESADILLA PARA SU PAÍS"

EL OCASO DEL LECTOR

 

 

 

 

El ocaso del lector

Un conjunto de entidades argentinas ligadas al libro intenta estos días estimular la lectura en nuestro país. Por una parte las Cámaras del Libro lanzaron la Semana del Libro, que propone que las librerías se extiendan hasta la vereda y que haya concursos, visitas guiadas y otras actividades para que los estudiantes se acerquen a la lectura. Utilizan el eslogan «leer es una fiesta», en tiempos en que hay poco que festejar. Por otra parte LiterAr, entidad que reúne a un grupo de editores y al agente literario Guillermo Schavelzon, busca estimular el interés por las obras de autores nacionales frente a la apatía casi constante, salvada sólo por un puñado de escritores criollos. La propuesta es valiosa y tiene buenos antecedentes en otros países, pero el tema de la no lectura no es sólo un problema argentino, también está globalizado.

Lo demuestra esta nota del investigador, ensayista, narrador y poeta argentino Blas Matamoro, que radicado en España desde hace más de veinte años, dirige la imperdible revista mensual «Cuadernos Hispanoamericanos», editada por la Agencia Española de Cooperación Internacional. En este texto, Matamoro (los destacados son nuestros) hace una interpretación de los datos de dos encuestas, una en Alemania y otra en España, acerca de la crisis de la lectura, que tienen claros ecos sobre lo que ocurre en la Argentina.

Escribe Blas Matamoro

Una reciente encuesta de la Spiegel Verlag muestra que las luces del crepúsculo también iluminan a los lectores alemanes. Sus modelos dominantes parecen ser dos: la lectora de textos amenos y el lector de temas especializados, el lector profesional que busca instruirse o documentarse. La distinción sexual es clara. También la edad promedio: aquélla es cincuentona, vive sola y rehúye las computadoras; éste es devoto de la informática y no llega a los treinta años. Entre los adolescentes prima el gusto por lo fantástico, sin distinción de sexos. Llegada la juventud, la orientación cambia: el lector es realista, si cabe el adjetivo, quiere investigar el mundo que lo rodea y construir un programa de acción, un proyecto de trabajo. Se imagina maduro, instalado en la sociedad y productivo. La lectura es un instrumento laboral.

Comparado con el lector de hace diez años, el actual es menos atento y concentrado. La influencia del banco de datos se hace notable. Cada vez son más los jóvenes que dicen no leer libros enteros, sino hojearlos, contentarse con los prólogos, las solapas y las contraportadas. Igualmente bajan las proporciones de quienes dicen leer algún libro todos los días, y se recortan los horarios de lectura. La televisión sustituye al libro en dos campos: la información «caliente» y los relatos de corte policíaco. Hasta se produce una intersección de la lectura con otros mensajes: se lee escuchando música, prestando una atención débil a ambos discursos, hasta se lee con el televisor encendido, dispuestos a suspender la lectura si el estímulo televisivo se intensifica.

Todo ello en un marco de creciente tiempo libre. Cada vez más los alemanes disponen de mayores horarios de ocio, pero que no son ocupados por la lectura, sino por el cable, Internet o el juego electrónico. Y si se trata de lecturas literarias, sólo un tercio de la población la considera importante. En aquel marco corresponde también situar un dato paradójico: cada vez hay más libros en las casas, o sea: más libros que no se leen o que se leen solapadamente, nunca mejor dicho. Libros que son objetos de regalo que cumplen una función decorativa o de prestigio externo: estar ligados a una tradición que se ha convertido en rutina sin contenido efectivo. En cuanto al lector indudable, el que va a bibliotecas públicas y lee, no pasa de seis por ciento de la población lectora.

Estos datos coinciden sólo parcialmente con las estadísticas españolas. En ellas se ve que, al entrar en la juventud, la mayoría de los lectores son mujeres, que ceden la proporción promediando la veintena a favor de los varones. Es decir: el lector juvenil es lectora y el maduro, redundante lector. El matrimonio y el cuidado doméstico parecen seguir restando tiempo a la mujer, que los editores cortejan a partir del modelo de la «lectora de subte», que sigue las robustas narraciones de Ken Follett y Stephen King, Isabel Allende y Arturo Pérez-Reverte. El realismo de lo inmediato domina en estas propuestas, a partir de los modelos televisivos que imita buena parte del cine, cuyo público es de mayoría juvenil. Hay que promocionar una literatura de reconocimiento en la juventud, así como privilegiar la presencia de la mujer en la producción de literatura, con colecciones y premios literarios para escritoras. A lo que apuntan estos datos es a un cambio en la cultura lectora. La incidencia de la tradición sigue siendo fuerte en el sentido de que las casas de padres aficionados a leer crían hijos generalmente también lectores. Pero el conjunto señala una alteración en la actitud mayoritaria del lector, que tiende a leer unos textos que ya vienen «con el código puesto», que tienen escasas posibilidades de ser explorados activamente por quienes los abordan. Son textos ya leídos, que pueden transitarse desatentamente porque casi todo lo que cuentan es consabido.

El lector propiamente dicho pide otro tipo de textos, esos libros que se resisten de modo interesante, como dice Valéry. Libros que exigen del lector que aporte sus propios códigos. Los libros que llamamos clásicos. Si hoy nos interesamos por Dante, por Cervantes o por Flaubert, es porque no vienen con el código puesto. A tantos siglos de distancia, es imposible que previeran cómo los leemos hoy. Hablamos de su perfección, pero en rigor su calidad consiste en la cantidad de huecos que contienen, en los cuales nos movemos y tejemos nuestra propia literatura. Porque la literatura es eso, una colaboración, un entretejido, o no es nada.

Quienes nos ocupamos, aunque de manera irregular es mi caso, de explicar o comentar la literatura (enseñarla, si cabe la palabra, pero en el sentido de señalarla, de decir a los alumnos dónde está) advertimos que, con frecuencia, el público exige que los sustituyamos como lectores, no que los incitemos a leer. Se prefiere la historia exterior de la institución literaria (biografías, esquemas de tendencias, circunstancias históricas de la producción letrada, descripciones formales de los textos) a la lectura misma. Buscamos el diálogo y a menudo nos encontramos con el monólogo; en el mejor de los casos, con una cámara de ecos.

La lectura no desaparecerá. Tal vez retorne a ser una tarea de minorías y de especialistas, lo cual es absurdo, porque se propone como el paso por algo universal: lo que algunos escritores dicen a todo el mundo. Pero en épocas que consideramos esplendorosas para la cultura letrada, había en la iluminada Europa de las velas de sebo, unos cuantos miles de lectores y quien tenía en su casa trescientos libros era un privilegiado. Y estas parcas cantidades bastaron para producir una cultura magnífica, que hoy sigue dando que hablar. Hablar en silencio con ese otro que resurge de la página muda y que es capaz de despertar nuestra complacencia, nuestra ira, nuestro deleite, nuestro terror, nuestro asombro.






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