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El
ocaso del lector
Un conjunto de entidades argentinas ligadas al libro intenta
estos días estimular la lectura en nuestro país.
Por una parte las Cámaras del Libro lanzaron la Semana
del Libro, que propone que las librerías se extiendan
hasta la vereda y que haya concursos, visitas guiadas y otras
actividades para que los estudiantes se acerquen a la lectura.
Utilizan el eslogan «leer es una fiesta», en tiempos
en que hay poco que festejar. Por otra parte LiterAr, entidad
que reúne a un grupo de editores y al agente literario
Guillermo Schavelzon, busca estimular el interés por
las obras de autores nacionales frente a la apatía
casi constante, salvada sólo por un puñado de
escritores criollos. La propuesta es valiosa y tiene buenos
antecedentes en otros países, pero el tema de la no
lectura no es sólo un problema argentino, también
está globalizado.
Lo
demuestra esta nota del investigador, ensayista, narrador
y poeta argentino Blas Matamoro, que radicado en España
desde hace más de veinte años, dirige la imperdible
revista mensual «Cuadernos Hispanoamericanos»,
editada por la Agencia Española de Cooperación
Internacional. En este texto, Matamoro (los destacados son
nuestros) hace una interpretación de los datos de dos
encuestas, una en Alemania y otra en España, acerca
de la crisis de la lectura, que tienen claros ecos sobre lo
que ocurre en la Argentina.
Escribe Blas Matamoro
Una
reciente encuesta de la Spiegel Verlag muestra que las luces
del crepúsculo también iluminan a los lectores
alemanes. Sus modelos dominantes parecen ser dos: la lectora
de textos amenos y el lector de temas especializados, el lector
profesional que busca instruirse o documentarse. La distinción
sexual es clara. También la edad promedio: aquélla
es cincuentona, vive sola y rehúye las computadoras;
éste es devoto de la informática y no llega
a los treinta años. Entre los adolescentes prima el
gusto por lo fantástico, sin distinción de sexos.
Llegada la juventud, la orientación cambia: el lector
es realista, si cabe el adjetivo, quiere investigar el mundo
que lo rodea y construir un programa de acción, un
proyecto de trabajo. Se imagina maduro, instalado en la sociedad
y productivo. La lectura es un instrumento laboral.
Comparado con el lector de hace diez años, el actual
es menos atento y concentrado. La influencia del banco de
datos se hace notable. Cada vez son más los jóvenes
que dicen no leer libros enteros, sino hojearlos, contentarse
con los prólogos, las solapas y las contraportadas.
Igualmente bajan las proporciones de quienes dicen leer algún
libro todos los días, y se recortan los horarios de
lectura. La televisión sustituye al libro en dos campos:
la información «caliente» y los relatos
de corte policíaco. Hasta se produce una intersección
de la lectura con otros mensajes: se lee escuchando música,
prestando una atención débil a ambos discursos,
hasta se lee con el televisor encendido, dispuestos a suspender
la lectura si el estímulo televisivo se intensifica.
Todo ello en un marco de creciente tiempo libre. Cada vez
más los alemanes disponen de mayores horarios de ocio,
pero que no son ocupados por la lectura, sino por el cable,
Internet o el juego electrónico. Y si se trata de lecturas
literarias, sólo un tercio de la población la
considera importante. En aquel marco corresponde también
situar un dato paradójico: cada vez hay más
libros en las casas, o sea: más libros que no se leen
o que se leen solapadamente, nunca mejor dicho. Libros que
son objetos de regalo que cumplen una función decorativa
o de prestigio externo: estar ligados a una tradición
que se ha convertido en rutina sin contenido efectivo. En
cuanto al lector indudable, el que va a bibliotecas públicas
y lee, no pasa de seis por ciento de la población lectora.
Estos datos coinciden sólo parcialmente con las estadísticas
españolas. En ellas se ve que, al entrar en la juventud,
la mayoría de los lectores son mujeres, que ceden la
proporción promediando la veintena a favor de los varones.
Es decir: el lector juvenil es lectora y el maduro, redundante
lector. El matrimonio y el cuidado doméstico parecen
seguir restando tiempo a la mujer, que los editores cortejan
a partir del modelo de la «lectora de subte»,
que sigue las robustas narraciones de Ken Follett y Stephen
King, Isabel Allende y Arturo Pérez-Reverte. El realismo
de lo inmediato domina en estas propuestas, a partir de los
modelos televisivos que imita buena parte del cine, cuyo público
es de mayoría juvenil. Hay que promocionar una literatura
de reconocimiento en la juventud, así como privilegiar
la presencia de la mujer en la producción de literatura,
con colecciones y premios literarios para escritoras. A lo
que apuntan estos datos es a un cambio en la cultura lectora.
La incidencia de la tradición sigue siendo fuerte en
el sentido de que las casas de padres aficionados a leer crían
hijos generalmente también lectores. Pero el conjunto
señala una alteración en la actitud mayoritaria
del lector, que tiende a leer unos textos que ya vienen «con
el código puesto», que tienen escasas posibilidades
de ser explorados activamente por quienes los abordan. Son
textos ya leídos, que pueden transitarse desatentamente
porque casi todo lo que cuentan es consabido.
El lector propiamente dicho pide otro tipo de textos, esos
libros que se resisten de modo interesante, como dice Valéry.
Libros que exigen del lector que aporte sus propios códigos.
Los libros que llamamos clásicos. Si hoy nos interesamos
por Dante, por Cervantes o por Flaubert, es porque no vienen
con el código puesto. A tantos siglos de distancia,
es imposible que previeran cómo los leemos hoy. Hablamos
de su perfección, pero en rigor su calidad consiste
en la cantidad de huecos que contienen, en los cuales nos
movemos y tejemos nuestra propia literatura. Porque la literatura
es eso, una colaboración, un entretejido, o no es nada.
Quienes nos ocupamos, aunque de manera irregular es mi caso,
de explicar o comentar la literatura (enseñarla, si
cabe la palabra, pero en el sentido de señalarla, de
decir a los alumnos dónde está) advertimos que,
con frecuencia, el público exige que los sustituyamos
como lectores, no que los incitemos a leer. Se prefiere la
historia exterior de la institución literaria (biografías,
esquemas de tendencias, circunstancias históricas de
la producción letrada, descripciones formales de los
textos) a la lectura misma. Buscamos el diálogo y a
menudo nos encontramos con el monólogo; en el mejor
de los casos, con una cámara de ecos.
La lectura no desaparecerá. Tal vez retorne a ser una
tarea de minorías y de especialistas, lo cual es absurdo,
porque se propone como el paso por algo universal: lo que
algunos escritores dicen a todo el mundo. Pero en épocas
que consideramos esplendorosas para la cultura letrada, había
en la iluminada Europa de las velas de sebo, unos cuantos
miles de lectores y quien tenía en su casa trescientos
libros era un privilegiado. Y estas parcas cantidades bastaron
para producir una cultura magnífica, que hoy sigue
dando que hablar. Hablar en silencio con ese otro que resurge
de la página muda y que es capaz de despertar nuestra
complacencia, nuestra ira, nuestro deleite, nuestro terror,
nuestro asombro.
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