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Terminar
con los corsarios
Escribe Carlos Alberto Montaner
Esta
«cuarta guerra» -antes tuvimos la Primera, la
Segunda y la
Guerra Fría- va a ser larga, complicada y muy peligrosa.
Lo más interesante, desde la perspectiva latinoamericana,
es que vamos a tener que participar, y lo ideal sería
que lo hiciéramos con muchísima más decisión
y sentido político que durante la Guerra Fría,
en la que fuimos arrastrados al conflicto sin saber exactamente
nuestras responsabilidades. Cuando se desató esa «tercera
guerra», se crearon mecanismos como el Tratado Interamericano
de Defensa Recíproca y se fortaleció la OEA
para brindar apoyo al mundo occidental frente al espasmo imperial
de los soviéticos. Como consecuencia de la Guerra Fría,
quedó una serie de grupúsculos que, en su momento,
fueron congregados y estimulados por Moscú, terroristas
insurgidos frente a los estados occidentales, que la KGB alienta,
no siempre controla, pero casi siempre influye sobre ellos.
Moscú es el dueño del circo, y cuando muere
el dueño del circo, los enanos quedan vivos y funcionando,
empiezan a reagruparse.
Hay una expresión latinoamericana de ese mundo, muy
vigente en el caso Colombia, en las FARC, donde terrorismo
y producción y venta de narcóticos coinciden.
Esto, con lazos muy fuertes con el terrorismo islámico,
porque hay una familia internacional que trasciende las ideologías
y hasta los intereses económicos. En la destrucción
de Occidente pueden coincidir un comunista ateo como Carlos
Ilich Ramírez «El Chacal» con grupos fundamentalistas
religiosos islámicos, como narcotraficantes como las
FARC. Lo que los une es la voluntad de destruir las instituciones
occidentales en las que, por supuesto, no creen.
Frente a esto sería muy importante que los estados
de Latinoa-mérica responsablemente adoptaran una política
coherente de rechazo, que entendiera que lo que ocurre en
los EE.UU., Londres o Bruselas, por resumir toda la Comunidad
Europea, no es algo que les ocurre a ellos, es algo que nos
ocurre a nosotros, porque el mundo actual ya no es ellos y
nosotros, todos formamos parte del mismo mundo. Discutir sobre
la globalización ya es absurdo, existe y es un fenómeno
del que formamos parte por circuitos financieros, industriales
y técnicos. Discutir sobre la globalización
es tan absurdo como discutir sobre la civilización
cristiana, ya formamos parte de eso. Y lo más absurdo
que puede hacer un antiyanqui es celebrar el daño que
se le produzca a la economía o a la sociedad norteamericana,
porque ese daño tiene repercusión inmediata
sobre su propio territorio, sobre su propio modo de vida.
Ser antiyanqui es la manera más torpe de ser antinosotros
mismos, en la medida en que la ciencia, la tecnología,
los circuitos financieros pasan en gran parte por ese mundo.
Cuando participamos en la lucha contra el terrorismo, no es
que estemos defendiendo a los Estados Unidos de una agresión
que han sufrido, estamos defendiéndonos nosotros mismos.
Hay que admitir con cierta humildad que formamos parte de
ese mundo. Quizá no de la cabeza, pero sí de
su estructura fundamental. Todo esto requiere, de parte de
los gobiernos latinoamericanos, un esfuerzo serio de reflexión
sobre política exterior y sobre lo que son intereses
nacionales. A nosotros, desgraciadamente, nos dan el prêt-à-porter
de la política exterior a consecuencia de que nuestros
gobiernos y nuestras sociedades no generan una reflexión
que sirva a los intereses de nuestro mundo. Llega un momento
en que el liderazgo norteamericano nos impone o nos sugiere
unas posiciones y unas responsabilidades en la Guerra Fría,
o ahora en esta guerra antiterrorista en la que, insisto,
hay que participar, pero conscientemente, desarrollar métodos
para la lucha que se avecina y entender que, desde hace mucho,
no hay problemas nacionales, todos son internacionales. Esto
la Argentina lo puede comprender perfectamente porque ha sido
víctima de ataques terroristas semejantes a los de
las Torres Gemelas. No hay problemas originados dentro de
las fronteras argentinas, y también los problemas económicos
tienen una dimensión internacional tremenda. El debate
sobre globalización, no globalización; convertibilidad,
no convertibilidad, tiene que ver con el mundo internacional.
Y una parte importante de los problemas argentinos se deriva
de esa realidad en la que el país está implicado.
Es hora de que la Argentina tenga su propia reflexión
sobre política exterior y que como uno de los hermanos
mayores de Hispanoamérica, junto a México, asuma
un papel de liderazgo.
Debería
abandonar un poco esa cosa provinciana, nacional, de que los
problemas de la Argentina son los que les interesan a los
argentinos, y tener una mayor presencia en los problemas internacionales,
hispanoamericanos. Ojalá sean capaces de asumir esa
responsabilidad, no como comparsa de los Estados Unidos, sino
como cooperador, como colaborador del mundo occidental y como
cabeza líder de América latina, lo cual, por
su peso, tiene derecho a ser.
Los grupos terroristas pueden funcionar con eficacia si tienen
la complicidad de ciertos estados. Es muy difícil pensar
que el grupo de Bin Laden hubiera podido estructurarse de
la manera en que lo hizo si no hubiera tenido la complicidad
de Afganistán, probablemente de los talibanes. Por
eso hacen muy bien los EE.UU. en castigar al Estado afgano,
porque hay que destruir ese gobierno que cobija y protege
a los terroristas, porque si no, vamos a tener una situación
parecida a lo que ocurrió con los corsarios. Los piratas
operaban aparentemente con autonomía, pero con la protección
de países que les otorgaban licencia para establecer
su pillaje. Cuando las naciones se pusieron de acuerdo para
combatir a corsarios y a piratas, se acabó con esas
lacras internacionales. Creo que la coalición debe
seguir, pero hay países a los que hay que enfrentar
a esta misma responsabilidad, como Siria, Irán, Libia,
porque si hay organizaciones terroristas, es porque hay estados
que las protegen. Todo esto ocurrió bajo el paraguas
soviético, que les otorgaba una especie de impunidad.
Y
el mundo, luego de la desaparición de la URSS, siguió
con la misma falta de respuesta como cuando la URSS existía.
Quizá las Torres Gemelas pudieron ser destruidas y
el Pentágono atacado como consecuencia de que los EE.UU.
no reaccionaron frente a los ataques a las embajadas norteamericanas
en Africa, y el 12 de octubre de 1998 cuando el grupo de Bin
Laden destruyó un barco de guerra norteamericano. Al
no reaccionar, la conclusión que sacaron los terroristas
es que podían hacer cualquier cosa, que los Estados
Unidos eran un tigre de papel. Ahora, quienes encontramos
provisionalmente una respuesta filosófica a un problema
casi de lucha teológica, sentimos que estamos volviendo
a la Edad Media y que la estrategia es muy clara: impedir
que estos grupos actúen y, para ello, hay que hacerle
saber a cualquier Estado que proteja a fundamentalistas que
tienen responsabilidad de impedir que actúen o, de
lo contrario, la comunidad internacional va a actuar contra
ellos con la mayor severidad.
Testimonio registrado por M.S.
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