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Edición 2944 - Viernes 21 de Noviembre de 2008
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Noviembre de 2001
 

DOS MESES DE GUERRA CONTRA EL TERRORISMO

BAJO LA CONMOCIÓN

"UN MONOPOLIO EN EL AREA CULTURAL ES UNA PESADILLA PARA SU PAÍS"

EL OCASO DEL LECTOR

 

 

 

 

Terminar con los corsarios

Escribe Carlos Alberto Montaner

Esta «cuarta guerra» -antes tuvimos la Primera, la Segunda y la
Guerra Fría- va a ser larga, complicada y muy peligrosa. Lo más interesante, desde la perspectiva latinoamericana, es que vamos a tener que participar, y lo ideal sería que lo hiciéramos con muchísima más decisión y sentido político que durante la Guerra Fría, en la que fuimos arrastrados al conflicto sin saber exactamente nuestras responsabilidades. Cuando se desató esa «tercera guerra», se crearon mecanismos como el Tratado Interamericano de Defensa Recíproca y se fortaleció la OEA para brindar apoyo al mundo occidental frente al espasmo imperial de los soviéticos. Como consecuencia de la Guerra Fría, quedó una serie de grupúsculos que, en su momento, fueron congregados y estimulados por Moscú, terroristas insurgidos frente a los estados occidentales, que la KGB alienta, no siempre controla, pero casi siempre influye sobre ellos. Moscú es el dueño del circo, y cuando muere el dueño del circo, los enanos quedan vivos y funcionando, empiezan a reagruparse.


Hay una expresión latinoamericana de ese mundo, muy vigente en el caso Colombia, en las FARC, donde terrorismo y producción y venta de narcóticos coinciden. Esto, con lazos muy fuertes con el terrorismo islámico, porque hay una familia internacional que trasciende las ideologías y hasta los intereses económicos. En la destrucción de Occidente pueden coincidir un comunista ateo como Carlos Ilich Ramírez «El Chacal» con grupos fundamentalistas religiosos islámicos, como narcotraficantes como las FARC. Lo que los une es la voluntad de destruir las instituciones occidentales en las que, por supuesto, no creen.

Frente a esto sería muy importante que los estados de Latinoa-mérica responsablemente adoptaran una política coherente de rechazo, que entendiera que lo que ocurre en los EE.UU., Londres o Bruselas, por resumir toda la Comunidad Europea, no es algo que les ocurre a ellos, es algo que nos ocurre a nosotros, porque el mundo actual ya no es ellos y nosotros, todos formamos parte del mismo mundo. Discutir sobre la globalización ya es absurdo, existe y es un fenómeno del que formamos parte por circuitos financieros, industriales y técnicos. Discutir sobre la globalización es tan absurdo como discutir sobre la civilización cristiana, ya formamos parte de eso. Y lo más absurdo que puede hacer un antiyanqui es celebrar el daño que se le produzca a la economía o a la sociedad norteamericana, porque ese daño tiene repercusión inmediata sobre su propio territorio, sobre su propio modo de vida. Ser antiyanqui es la manera más torpe de ser antinosotros mismos, en la medida en que la ciencia, la tecnología, los circuitos financieros pasan en gran parte por ese mundo.

Cuando participamos en la lucha contra el terrorismo, no es que estemos defendiendo a los Estados Unidos de una agresión que han sufrido, estamos defendiéndonos nosotros mismos. Hay que admitir con cierta humildad que formamos parte de ese mundo. Quizá no de la cabeza, pero sí de su estructura fundamental. Todo esto requiere, de parte de los gobiernos latinoamericanos, un esfuerzo serio de reflexión sobre política exterior y sobre lo que son intereses nacionales. A nosotros, desgraciadamente, nos dan el prêt-à-porter de la política exterior a consecuencia de que nuestros gobiernos y nuestras sociedades no generan una reflexión que sirva a los intereses de nuestro mundo. Llega un momento en que el liderazgo norteamericano nos impone o nos sugiere unas posiciones y unas responsabilidades en la Guerra Fría, o ahora en esta guerra antiterrorista en la que, insisto, hay que participar, pero conscientemente, desarrollar métodos para la lucha que se avecina y entender que, desde hace mucho, no hay problemas nacionales, todos son internacionales. Esto la Argentina lo puede comprender perfectamente porque ha sido víctima de ataques terroristas semejantes a los de las Torres Gemelas. No hay problemas originados dentro de las fronteras argentinas, y también los problemas económicos tienen una dimensión internacional tremenda. El debate sobre globalización, no globalización; convertibilidad, no convertibilidad, tiene que ver con el mundo internacional. Y una parte importante de los problemas argentinos se deriva de esa realidad en la que el país está implicado. Es hora de que la Argentina tenga su propia reflexión sobre política exterior y que como uno de los hermanos mayores de Hispanoamérica, junto a México, asuma un papel de liderazgo.

Debería abandonar un poco esa cosa provinciana, nacional, de que los problemas de la Argentina son los que les interesan a los argentinos, y tener una mayor presencia en los problemas internacionales, hispanoamericanos. Ojalá sean capaces de asumir esa responsabilidad, no como comparsa de los Estados Unidos, sino como cooperador, como colaborador del mundo occidental y como cabeza líder de América latina, lo cual, por su peso, tiene derecho a ser.

Los grupos terroristas pueden funcionar con eficacia si tienen la complicidad de ciertos estados. Es muy difícil pensar que el grupo de Bin Laden hubiera podido estructurarse de la manera en que lo hizo si no hubiera tenido la complicidad de Afganistán, probablemente de los talibanes. Por eso hacen muy bien los EE.UU. en castigar al Estado afgano, porque hay que destruir ese gobierno que cobija y protege a los terroristas, porque si no, vamos a tener una situación parecida a lo que ocurrió con los corsarios. Los piratas operaban aparentemente con autonomía, pero con la protección de países que les otorgaban licencia para establecer su pillaje. Cuando las naciones se pusieron de acuerdo para combatir a corsarios y a piratas, se acabó con esas lacras internacionales. Creo que la coalición debe seguir, pero hay países a los que hay que enfrentar a esta misma responsabilidad, como Siria, Irán, Libia, porque si hay organizaciones terroristas, es porque hay estados que las protegen. Todo esto ocurrió bajo el paraguas soviético, que les otorgaba una especie de impunidad.

Y el mundo, luego de la desaparición de la URSS, siguió con la misma falta de respuesta como cuando la URSS existía. Quizá las Torres Gemelas pudieron ser destruidas y el Pentágono atacado como consecuencia de que los EE.UU. no reaccionaron frente a los ataques a las embajadas norteamericanas en Africa, y el 12 de octubre de 1998 cuando el grupo de Bin Laden destruyó un barco de guerra norteamericano. Al no reaccionar, la conclusión que sacaron los terroristas es que podían hacer cualquier cosa, que los Estados Unidos eran un tigre de papel. Ahora, quienes encontramos provisionalmente una respuesta filosófica a un problema casi de lucha teológica, sentimos que estamos volviendo a la Edad Media y que la estrategia es muy clara: impedir que estos grupos actúen y, para ello, hay que hacerle saber a cualquier Estado que proteja a fundamentalistas que tienen responsabilidad de impedir que actúen o, de lo contrario, la comunidad internacional va a actuar contra ellos con la mayor severidad.

Testimonio registrado por M.S.






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