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Bajo
la conmoción
Escribe Felipe Gonzalez
Como
un cataclismo sin precedentes en la violencia terroris-
ta, ha caído sobre nosotros la serie de ataques suicidas
contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono.
Nunca como ahora se justifica el título: «El
futuro ya no es lo que era».
La
brutalidad indescriptible de los atentados, cuya contemplación
ha mantenido ante las pantallas de TV a más de mil
millones de seres humanos de todos los continentes, incrédulos
ante lo que veían, angustiados ante las consecuencias,
conscientes de pronto de la fragilidad de nuestra convivencia
en libertad, abre una era nueva. Ya estaba aquí, ya
producía esa desazón que los franceses definen
como malaise, y que en nuestra lengua sentimos como un desasosiego,
pero no sabríamos definirlo, ni explicar sus causas.
Hace 6 años, empecé a analizar los efectos que
estaba produciendo eso que se ha dado en llamar «la
globalización», tanto en la realidad de la información
mundial, cuanto en los aspectos económicos, comerciales
y financieros, en amplias áreas del planeta. Observé
ya entonces las consecuencias de estos fenómenos vertiginosos
en el comportamiento del Estado-nación, ámbito
de realización conocido de nuestras democracias y de
su soberanía, además de su identidad en muchos
casos. Y, finalmente, me aproximé al estudio de lo
que esta nueva realidad que se iba imponiendo, aunque no la
reconociéramos, significaba en el «orden»
-devenido en «desorden»- «internacional».
No quedé tranquilo porque veía precipitarse
acontecimientos que escapaban a la conciencia de los responsables
políticos. Intenté avanzar en el análisis,
señalando cuatro problemas clave de nuestro mundo a
los que es preciso dedicar atención específica.
El
primero es el de los flujos migratorios, alentados por la
mezcla explosiva de una información mundializada, disponible
en tiempo real por miles de millones de seres humanos, al
tiempo que la riqueza se ha ido concentrando en pocas manos
y en pocas zonas, aumentando las distancias de renta entre
individuos y sociedades.
No hay barrera policial capaz de frenar, en las fronteras
de la abundancia, a la masa humana de los desfavorecidos que,
seducidos por lo que les muestran las imágenes de TV,
deciden huir de su destino, de su condena a la miseria. No
es posible que circulen, con creciente libertad, los capitales,
las mercancías y los servicios, en volandas de la revolución
informacional, y pretendamos, al mismo tiempo, fijar a la
gente en territorios destinados a la marginalidad, salvo que
sean turistas, hombres de negocio u otros poseedores del bienestar.
Por si fuera poco, estos flujos se hacen progresivamente femeninos,
desarticulando sociedades familiares organizadas en torno
a la mujer. El problema de la incorporación de ésta
a la sociedad es el segundo de los que aparecían como
fundamentales para comprender los desafíos de la nueva
era.
El
tercero se refería a una cuestión clásica
de la fase madura de las sociedades industriales, un tema
que, con fuerza insospechada, se afirma más y más
gracias a la información hoy disponible. Me refiero
al equilibrio entre desarrollo y conservación de la
naturaleza. Naturaleza inocente, incluso cuando produce catástrofes
con graves consecuencias humanas.
Inocente
también, diría Octavio Paz, cuando regala toda
su fuerza creadora. Creación y destrucción inocentes,
salvo las que provienen de la acción humana, que está
cargada de intención o de responsabilidad, para lo
bueno y para lo malo. Y, finalmente, está el problema
de las identidades culturales, o étnico-religiosas,
que tanto tienen que ver con la exacerbación de algunos
nacionalismos y con los brotes de violencia más salvaje
de las últimas décadas. Tratando de contraponer
al choque de civilizaciones anunciado por Huntington, y entendido
por muchos como inevitable, la idea fuerza de la cooperación,
del diálogo entre culturas diferentes, entre creencias
diversas, en un esfuerzo constante de comprensión de
la otredad, he conversado a lo largo y a lo ancho de Europa,
Africa, América (Norte y Sur), e incluso Asia, con
exponentes de todas las culturas, con responsables políticos
de credos diferentes, con nuevos actores de la globalización
como empresarios y tecnólogos.
Pero
las conclusiones, en este tema, del que pende la convivencia
en paz o la acumulación de nuevas tensiones arrastradas
por odios y venganzas, y del que pende, asimismo, el concepto
de democracia liberal que disfrutamos, son, con frecuencia,
imposibles. Parece como si nuestro esfuerzo fuera el de andar
un camino en círculo, sin principio ni fin, que conduce
finalmente a una cierta melancolía. ¿Estaremos
abocados inevitablemente a un choque de civilizaciones? Los
terribles atentados del 11 de setiembre y la oleada de indignación,
de demonización del otro, del diferente, que están
produciendo, parecen avalar una respuesta afirmativa.
Estaba insatisfecho con los análisis de las consecuencias
de este fenómeno, porque no llegaba a definirlo ni
a ver sus causas con claridad, y no comprendía la razón
del desasosiego en las sociedades del éxito, ya que
lo único evidente era la explicación de la desesperación
en las del fracaso o la marginación, de modo que he
seguido indagando. La rebeldía conmigo mismo no me
deja disfrutar de esta «jubilación» de
puestos de responsabilidad en la política, en primera
persona.
Me
explico el estado de ánimo de mucha gente, aparentemente
receptora de los beneficios de la sociedad industrial y que
disfruta del espacio de oportunidad de la nueva sociedad de
la información, pero enferma de malaise, de incertidumbre,
de desconfianza respecto de la política y los políticos,
con un relativismo no comprometido que debilita la democracia.
Somos seres históricos.
Cambiar el código de señales que nos sirve para
orientarnos en la nuestra, aprender a estar parados frente
al mundo lleva el transcurso de muchas generaciones. Han pasado
ya bastantes hasta identificarnos con la sociedad industrial
y con la patología que la acompañó. Aquel
cambio histórico tardó dos siglos en producirse,
a pesar de que ha sido percibido como algo veloz e intenso
para el ser humano. Algo más de 200 años duró
la conformación de la sociedad industrial, sin que
haya alcanzado a amplias zonas del mundo.
Vista
así, la desestructuración del ser histórico
que somos, ante el paso vertiginoso -en una generación-
de la sociedad industrial a una que aún denominamos,
balbuceantes, como informacional, o del conocimiento, produce
lógicamente angustia, desasosiego. Sabemos que la realidad
que fue, la que sirve para orientar nuestras decisiones vitales,
ya no es. Percibimos que lo que aprendíamos para enfrentarnos
a los desafíos del mundo conocido ya no es útil,
y nadie nos explica el nuevo código de comunicación,
de guía, en este complicado tráfico de la globalización.
Si lo que era sabemos que no será, pero no imaginamos
lo que va a ser, el estado de ánimo es incierto y la
apelación a los absolutos emerge con fuerza inusitada.
Por eso, el futuro que ya está aquí, no es lo
que era, como decía Julio María Sanguinetti.
Me
parecía irrelevante seguir discutiendo si la globalización
es o no un fenómeno de nuestro tiempo. Si viene de
otras globalizaciones o es nueva. Si existe o no existe. Si
estamos ante una nueva realidad o la tenemos que considerar
una alternativa que, por serlo, podríamos rechazar.
Intenté penetrar en las causas de este cambio vertiginoso
de nuestra existencia y he llegado a la conclusión
de que el motor es la revolución de la información.
Otras revoluciones ha habido a lo largo de la historia, pero
ésta ha producido, por primera vez, comunicación
entre los seres humanos de cualquier rincón del planeta
en tiempo real. La superación de la barrera del tiempo
y del espacio para comunicarse con el otro cambia la naturaleza
de las relaciones entre los hombres.
En una conversación con Gorbachov, insistí en
situar la crisis y caída estrepitosa de todo el poder
soviético en el marco de esta reflexión. El
derrumbe del muro liquidaba el siglo XX, hacía evidente
la superación de la sociedad industrial y explicaba
que un poder como el de la URSS, con dominio sobre medio mundo,
pudiera haber llegado a su cenit -finales de los años
50- y destrucción -comienzos de los 90-
en el plazo de una generación de seres humanos. 1989
marcó el final de algo: un sistema, un orden internacional,
un siglo terrible, pero no fue el comienzo de otra cosa, salvo
de la incertidumbre.
El
principio de la nueva era, un principio tan espantoso como
pocos acontecimientos de los que me tocaron vivir, se sitúa
en el 11 de setiembre. Un despertar apocalíptico que
ha hecho aflorar en minutos un mundo diferente. Nada será
igual en adelante, empezando por la seguridad.
Cuando
veía las imágenes de los atentados, en el momento
en que las primeras sospechas recaían sobre Bin Laden,
en mi cabeza retumbaba otra conversación que tuve con
Gromiko en la primera mitad de los ochenta. Todavía
hablaba con Mister Niet, el todopoderoso y misterioso personaje
que había sobrevivido a tantas turbulencias internas
del poder soviético. El diálogo, en Moncloa,
transitaba por los cauces previsibles a pesar de mi empeño
por sacarle al personaje algo más que las respuestas
de carril. Discurrimos por la realidad internacional con las
paradas habituales: Cuba, la Comunidad Europea, el desarme,
la nueva política de Reagan..., hasta que aterrizamos
en uno de los temas inevitables: la intervención soviética
en Afganistán a fin de apoyar al régimen aliado
de Kabul, amenazado por una guerrilla islámica. Por
unos momentos mi denuncia de la invasión tornó
el intercambio, que había tenido cierta aspereza en
relación con Cuba, en algo aún más tenso,
pero, por fortuna, menos protocolario.
«Estamos
haciendo -decía Gromiko- el papel que EE.UU. no quiso
desempeñar en Irán, cuando dejó caer
al sha, permitiendo la llegada al poder del fundamentalismo
de Jomeini. No lo reconoceré en público, pero
esa irresponsabilidad nos ha llevado a tener que detener esta
oleada integrista en Afganistán. No nos va a suceder
como a EE.UU. en Vietnam (la historia demuestra lo contrario),
a pesar de que es lo que ustedes, los occidentales, esperan,
y están ayudando a los que tratan de desestabilizar
al gobierno de Kabul. Le ruego que recuerde lo que le voy
a decir, porque usted es mucho más joven que yo y lo
vivirá. La amenaza que combatimos en Afganistán
nos afecta directamente, pero no es sólo una amenaza
contra nosotros. Ustedes están igualmente afectados
por este fundamentalismo. Nosotros estamos haciendo el trabajo,
y un trabajo sucio, para ustedes y para los americanos.»
Es
probable que el antiguo aliado de Estados Unidos sea ahora
su principal enemigo. Es seguro que no siempre funciona ese
lema de «el enemigo de mi enemigo es mi amigo».
Si Bin Laden y sus grupos de terror diseminados por el mundo
occidental son los responsables de los atentados, la lucha
será complicada y larga. Algunos países del
entorno en que se entrena se sienten obligados a comprar seguridad
frente a ese terror, o bien mirando hacia otro lado, o pagando
precio frente a la amenaza.
Europa
especialmente, pero también Japón, tiene una
deuda de gratitud con Estados Unidos, que ha mostrado su solidaridad
con las democracias en las dos grandes guerras mundiales,
que no provocaron ellos. Esta deuda lleva a los europeos a
solidarizarse con el dolor americano y a participar en la
respuesta contra los ataques. Es lógico que no sólo
por agradecimiento, sino porque la amenaza es común.
Al menos esa parte de la cita de Gromiko debería ser
retenida.
Pero
la verdadera solidaridad, el compromiso de Europa, no tiene
que confundirse con una incondicionalidad lacaya. La condición,
éticamente exigible, pasa por la eficacia, por acertar
en la identificación de los responsables y coordinar
los esfuerzos necesarios para que paguen por lo que han hecho.
Demonizar identidades, o creencias, o culturas diferentes
de la nuestra, para convertirlas en el enemigo, generaría
una escalada del odio y de la incomprensión, con más
violencia añadida, de seguro.
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