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Edición 2944 - Viernes 21 de Noviembre de 2008
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Noviembre de 2001
 

DOS MESES DE GUERRA CONTRA EL TERRORISMO

BAJO LA CONMOCIÓN

"UN MONOPOLIO EN EL AREA CULTURAL ES UNA PESADILLA PARA SU PAÍS"

EL OCASO DEL LECTOR

 

 

 

 

Bajo la conmoción

Escribe Felipe Gonzalez

Como un cataclismo sin precedentes en la violencia terroris-
ta, ha caído sobre nosotros la serie de ataques suicidas contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono. Nunca como ahora se justifica el título: «El futuro ya no es lo que era».

La brutalidad indescriptible de los atentados, cuya contemplación ha mantenido ante las pantallas de TV a más de mil millones de seres humanos de todos los continentes, incrédulos ante lo que veían, angustiados ante las consecuencias, conscientes de pronto de la fragilidad de nuestra convivencia en libertad, abre una era nueva. Ya estaba aquí, ya producía esa desazón que los franceses definen como malaise, y que en nuestra lengua sentimos como un desasosiego, pero no sabríamos definirlo, ni explicar sus causas.
Hace 6 años, empecé a analizar los efectos que estaba produciendo eso que se ha dado en llamar «la globalización», tanto en la realidad de la información mundial, cuanto en los aspectos económicos, comerciales y financieros, en amplias áreas del planeta. Observé ya entonces las consecuencias de estos fenómenos vertiginosos en el comportamiento del Estado-nación, ámbito de realización conocido de nuestras democracias y de su soberanía, además de su identidad en muchos casos. Y, finalmente, me aproximé al estudio de lo que esta nueva realidad que se iba imponiendo, aunque no la reconociéramos, significaba en el «orden» -devenido en «desorden»- «internacional». No quedé tranquilo porque veía precipitarse acontecimientos que escapaban a la conciencia de los responsables políticos. Intenté avanzar en el análisis, señalando cuatro problemas clave de nuestro mundo a los que es preciso dedicar atención específica.

El primero es el de los flujos migratorios, alentados por la mezcla explosiva de una información mundializada, disponible en tiempo real por miles de millones de seres humanos, al tiempo que la riqueza se ha ido concentrando en pocas manos y en pocas zonas, aumentando las distancias de renta entre individuos y sociedades.
No hay barrera policial capaz de frenar, en las fronteras de la abundancia, a la masa humana de los desfavorecidos que, seducidos por lo que les muestran las imágenes de TV, deciden huir de su destino, de su condena a la miseria. No es posible que circulen, con creciente libertad, los capitales, las mercancías y los servicios, en volandas de la revolución informacional, y pretendamos, al mismo tiempo, fijar a la gente en territorios destinados a la marginalidad, salvo que sean turistas, hombres de negocio u otros poseedores del bienestar. Por si fuera poco, estos flujos se hacen progresivamente femeninos, desarticulando sociedades familiares organizadas en torno a la mujer. El problema de la incorporación de ésta a la sociedad es el segundo de los que aparecían como fundamentales para comprender los desafíos de la nueva era.

El tercero se refería a una cuestión clásica de la fase madura de las sociedades industriales, un tema que, con fuerza insospechada, se afirma más y más gracias a la información hoy disponible. Me refiero al equilibrio entre desarrollo y conservación de la naturaleza. Naturaleza inocente, incluso cuando produce catástrofes con graves consecuencias humanas.

Inocente también, diría Octavio Paz, cuando regala toda su fuerza creadora. Creación y destrucción inocentes, salvo las que provienen de la acción humana, que está cargada de intención o de responsabilidad, para lo bueno y para lo malo. Y, finalmente, está el problema de las identidades culturales, o étnico-religiosas, que tanto tienen que ver con la exacerbación de algunos nacionalismos y con los brotes de violencia más salvaje de las últimas décadas. Tratando de contraponer al choque de civilizaciones anunciado por Huntington, y entendido por muchos como inevitable, la idea fuerza de la cooperación, del diálogo entre culturas diferentes, entre creencias diversas, en un esfuerzo constante de comprensión de la otredad, he conversado a lo largo y a lo ancho de Europa, Africa, América (Norte y Sur), e incluso Asia, con exponentes de todas las culturas, con responsables políticos de credos diferentes, con nuevos actores de la globalización como empresarios y tecnólogos.

Pero las conclusiones, en este tema, del que pende la convivencia en paz o la acumulación de nuevas tensiones arrastradas por odios y venganzas, y del que pende, asimismo, el concepto de democracia liberal que disfrutamos, son, con frecuencia, imposibles. Parece como si nuestro esfuerzo fuera el de andar un camino en círculo, sin principio ni fin, que conduce finalmente a una cierta melancolía. ¿Estaremos abocados inevitablemente a un choque de civilizaciones? Los terribles atentados del 11 de setiembre y la oleada de indignación, de demonización del otro, del diferente, que están produciendo, parecen avalar una respuesta afirmativa.
Estaba insatisfecho con los análisis de las consecuencias de este fenómeno, porque no llegaba a definirlo ni a ver sus causas con claridad, y no comprendía la razón del desasosiego en las sociedades del éxito, ya que lo único evidente era la explicación de la desesperación en las del fracaso o la marginación, de modo que he seguido indagando. La rebeldía conmigo mismo no me deja disfrutar de esta «jubilación» de puestos de responsabilidad en la política, en primera persona.

Me explico el estado de ánimo de mucha gente, aparentemente receptora de los beneficios de la sociedad industrial y que disfruta del espacio de oportunidad de la nueva sociedad de la información, pero enferma de malaise, de incertidumbre, de desconfianza respecto de la política y los políticos, con un relativismo no comprometido que debilita la democracia. Somos seres históricos.
Cambiar el código de señales que nos sirve para orientarnos en la nuestra, aprender a estar parados frente al mundo lleva el transcurso de muchas generaciones. Han pasado ya bastantes hasta identificarnos con la sociedad industrial y con la patología que la acompañó. Aquel cambio histórico tardó dos siglos en producirse, a pesar de que ha sido percibido como algo veloz e intenso para el ser humano. Algo más de 200 años duró la conformación de la sociedad industrial, sin que haya alcanzado a amplias zonas del mundo.

Vista así, la desestructuración del ser histórico que somos, ante el paso vertiginoso -en una generación- de la sociedad industrial a una que aún denominamos, balbuceantes, como informacional, o del conocimiento, produce lógicamente angustia, desasosiego. Sabemos que la realidad que fue, la que sirve para orientar nuestras decisiones vitales, ya no es. Percibimos que lo que aprendíamos para enfrentarnos a los desafíos del mundo conocido ya no es útil, y nadie nos explica el nuevo código de comunicación, de guía, en este complicado tráfico de la globalización. Si lo que era sabemos que no será, pero no imaginamos lo que va a ser, el estado de ánimo es incierto y la apelación a los absolutos emerge con fuerza inusitada. Por eso, el futuro que ya está aquí, no es lo que era, como decía Julio María Sanguinetti.

Me parecía irrelevante seguir discutiendo si la globalización es o no un fenómeno de nuestro tiempo. Si viene de otras globalizaciones o es nueva. Si existe o no existe. Si estamos ante una nueva realidad o la tenemos que considerar una alternativa que, por serlo, podríamos rechazar. Intenté penetrar en las causas de este cambio vertiginoso de nuestra existencia y he llegado a la conclusión de que el motor es la revolución de la información. Otras revoluciones ha habido a lo largo de la historia, pero ésta ha producido, por primera vez, comunicación entre los seres humanos de cualquier rincón del planeta en tiempo real. La superación de la barrera del tiempo y del espacio para comunicarse con el otro cambia la naturaleza de las relaciones entre los hombres.
En una conversación con Gorbachov, insistí en situar la crisis y caída estrepitosa de todo el poder soviético en el marco de esta reflexión. El derrumbe del muro liquidaba el siglo XX, hacía evidente la superación de la sociedad industrial y explicaba que un poder como el de la URSS, con dominio sobre medio mundo, pudiera haber llegado a su cenit -finales de los años ’50- y destrucción -comienzos de los ’90- en el plazo de una generación de seres humanos. 1989 marcó el final de algo: un sistema, un orden internacional, un siglo terrible, pero no fue el comienzo de otra cosa, salvo de la incertidumbre.

El principio de la nueva era, un principio tan espantoso como pocos acontecimientos de los que me tocaron vivir, se sitúa en el 11 de setiembre. Un despertar apocalíptico que ha hecho aflorar en minutos un mundo diferente. Nada será igual en adelante, empezando por la seguridad.

Cuando veía las imágenes de los atentados, en el momento en que las primeras sospechas recaían sobre Bin Laden, en mi cabeza retumbaba otra conversación que tuve con Gromiko en la primera mitad de los ochenta. Todavía hablaba con Mister Niet, el todopoderoso y misterioso personaje que había sobrevivido a tantas turbulencias internas del poder soviético. El diálogo, en Moncloa, transitaba por los cauces previsibles a pesar de mi empeño por sacarle al personaje algo más que las respuestas de carril. Discurrimos por la realidad internacional con las paradas habituales: Cuba, la Comunidad Europea, el desarme, la nueva política de Reagan..., hasta que aterrizamos en uno de los temas inevitables: la intervención soviética en Afganistán a fin de apoyar al régimen aliado de Kabul, amenazado por una guerrilla islámica. Por unos momentos mi denuncia de la invasión tornó el intercambio, que había tenido cierta aspereza en relación con Cuba, en algo aún más tenso, pero, por fortuna, menos protocolario.

«Estamos haciendo -decía Gromiko- el papel que EE.UU. no quiso desempeñar en Irán, cuando dejó caer al sha, permitiendo la llegada al poder del fundamentalismo de Jomeini. No lo reconoceré en público, pero esa irresponsabilidad nos ha llevado a tener que detener esta oleada integrista en Afganistán. No nos va a suceder como a EE.UU. en Vietnam (la historia demuestra lo contrario), a pesar de que es lo que ustedes, los occidentales, esperan, y están ayudando a los que tratan de desestabilizar al gobierno de Kabul. Le ruego que recuerde lo que le voy a decir, porque usted es mucho más joven que yo y lo vivirá. La amenaza que combatimos en Afganistán nos afecta directamente, pero no es sólo una amenaza contra nosotros. Ustedes están igualmente afectados por este fundamentalismo. Nosotros estamos haciendo el trabajo, y un trabajo sucio, para ustedes y para los americanos.»

Es probable que el antiguo aliado de Estados Unidos sea ahora su principal enemigo. Es seguro que no siempre funciona ese lema de «el enemigo de mi enemigo es mi amigo». Si Bin Laden y sus grupos de terror diseminados por el mundo occidental son los responsables de los atentados, la lucha será complicada y larga. Algunos países del entorno en que se entrena se sienten obligados a comprar seguridad frente a ese terror, o bien mirando hacia otro lado, o pagando precio frente a la amenaza.

Europa especialmente, pero también Japón, tiene una deuda de gratitud con Estados Unidos, que ha mostrado su solidaridad con las democracias en las dos grandes guerras mundiales, que no provocaron ellos. Esta deuda lleva a los europeos a solidarizarse con el dolor americano y a participar en la respuesta contra los ataques. Es lógico que no sólo por agradecimiento, sino porque la amenaza es común. Al menos esa parte de la cita de Gromiko debería ser retenida.

Pero la verdadera solidaridad, el compromiso de Europa, no tiene que confundirse con una incondicionalidad lacaya. La condición, éticamente exigible, pasa por la eficacia, por acertar en la identificación de los responsables y coordinar los esfuerzos necesarios para que paguen por lo que han hecho. Demonizar identidades, o creencias, o culturas diferentes de la nuestra, para convertirlas en el enemigo, generaría una escalada del odio y de la incomprensión, con más violencia añadida, de seguro.

 






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