Escribe Enric Juliana De
"La Vanguardia"Sostiene Fabio
Troncarelli, profesor de Paleografía
Latina de la Universidad de Viterbo (Italia), que
la leyenda del Zorro es obra de la
masonería. Y añade que la Z que con
tanta destreza marcaba el popular espadachín en
la frente de sus malvados adversarios no era sino
una clave masónica, el signo semítico «Ziza»,
símbolo de la energía vital, de la luz que
rasga las tinieblas.
Experto en
historia de la brujería y de la Inquisición, el
profesor Troncarelli ha dedicado bastantes
horas a desentrañar el mito del Zorro, buceando
en archivos de Madrid. Dublín, México y el
Vaticano. Sus sugerentes conclusiones acaban de
ser publicadas en Italia bajo el título «La
spada e la croce». Sostiene Troncarelli que
en el origen de la leyenda del Zorro hay
un irlandés errante. Un personaje de novela
llamado William Lamport que nació en la
ciudad irlandesa de Wexford en 1615, hijo de una
familia noble que lo educó con los jesuitas. Un
aventurero que acabó huyendo a España después
de haber hostigado a los ingleses como pirata.
El joven Lamport
castellanizó su nombre para convertirse en Guillén
Lombardo, buen espadachín e infalible
mujeriego. Cayó en las redes del conde duque de
Olivares después de seducir y abandonar a una
noble española, la joven Ana de Leiva. No
fue castigado por ello, pero el astuto valido de Felipe
IV le recetó un cambio de aires en México
con el encargo de trabajar como espía entre las
tribus indígenas, bajo la apariencia de un
tranquilo profesor de latín. Allí, aficionado a
la astrología y a los curanderos indios, no
tardó en entrar en conflicto con la
Inquisición.
Condenado a diez
años de prisión, logró escapar de la cárcel y
vivió clandestinamente. Detenido de nuevo
mientras compartía cama con la mujer del virrey,
Antonia Turcios, fue condenado a la
hoguera. Una muerte atroz que lo convirtió en
héroe popular.
Sostiene el
profesor Troncarelli que dos siglos
después el general mexicano Vicente Riva
Palacio, revolucionario, masón, comecuras y
admirador de Alejandro Dumas, tuvo noticia
del proceso a William Lamport-Guillén
Lombardo mientras estudiaba los papeles de un
personaje de enredo y espada fácil, un pícaro
llamado Martín Garatuza, al que apodaban «el
Zorro». Fascinado por el descubrimiento, el
general escribió «Memorias de un impostor»,
novela cuyo protagonista es un rebelde, Diego
de la Vega, que de día se mueve entre las
sedas de la nobleza, pero que de noche frecuenta
una logia masónica para luchar contra la
Inquisición.
El proceso de
fabricación del mito no acaba aquí. Años
después, el libro de Riva Palacios cayó
en manos de un escritor norteamericano llamado Johnston
McCulley, también miembro de la masonería. McCulley
fundió la leyenda de Guillén Lombardo con
el pintoresco personaje encarnado por Martín
Garatuza y así nació la historia del
paladín californiano con antifaz y capa negra.
Los primeros en saborear sus aventuras fueron los
lectores de la revista norteamericana de relatos «All
Story Weeklye», que en 1919 publicó por
entregas un melodramático serial titulado «La
maldición de Capistrano». Sostiene el
erudito profesor de Viterbo que McCulley convirtió
la Z en la clave del relato, porque
conocía muy bien el sentido oculto de aquel
signo. El Zorro imprimía allí donde
podía el símbolo masónico del esplendor, de la
energía que empuja a los hombres a las más
nobles empresas. Tanto éxito tuvo el serial, que
el productor Fred Nibblo lo llevó al cine en
1920 con el título de «La marca del Zorro» y
con el gran saltimbanqui de Hollywood, Douglas
Fairbanks, como principal protagonista.
El guión lo
firmaba un misterioso Elton Thomas, que no
era otro que el inquieto Fairbanks, maestro
de la logia 528 Oriente de Beverly Hills.
El éxito del film
dio nuevos bríos al justiciero enmascarado.
Aparecieron nuevos relatos, se rodó una segunda
versión cinematográfica, con Tyrone Power de
principal protagonista. Y Walt Disney lo
consagró como héroe de una popular serie de
televisión. Atención a este dato: el padre del Pato
Donald y Mickey Mouse también era
masón. Como si un hilo secreto recorriese la
leyenda del Zorro, sostiene Troncarelli.
No consta, sin embargo, que su último y
celebrado intérprete, Antonio Banderas, sea
hombre de logia y mandil.