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Las vacaciones de los escritores

Historias de escritores en la Costa Azul

¿El libro seguirá siendo el libro en el siglo que viene?

Historias de escritores en la Costa Azul

Celebraciones explosivas

A comienzos de los años ’20, un hombre se asoma al balcón de un palacete veraniego de la Costa Azul y empuñando un revólver comienza a hacer disparos al aire. Es la señal, de diversas puertas salen una mujer, una chica y un muchacho con cacerolas en las manos. Comienzan una extraña mezcla de cacerolazo y baile de salvajes.

Son los festejos porque el hombre acaba de terminar una nueva obra literaria. Y no es para menos, ha cosechado una fortuna con ellas. Se llama Gaston Leroux y a los 40 años y ya exitoso decide mezclar unas constantes y merecidas vacaciones con el trabajo. Ha escrito «El misterio del cuarto amarillo», «El perfume de la dama de negro», «El fantasma de la ópera», «La muñeca sangrienta» y guiones para cine como el de «La nueva aurora». Defiende esa novela popular y de aventuras que lo ha hecho rico. Su familia con su jolgorio, también.

Imposibilidad de escribir

En el hotel Oasis, en Niza, un cartel señala «Aquí vivió Antón Chejov». Vivió, pero no escribió. Enfermo de tuberculosis buscó allí el descanso y poder llevar un régimen estricto. Pero el médico Antón Pavlovich Chejov tenía, como otra enfermedad, «imposibilidad de escribir en un país extranjero». Para el maestro de la novela corta y el genial autor dramático de «El jardín de los cerezos», la Costa Azul fue a principio de este siglo, lugar de vacaciones y de reunión fuera de todas las miradas con la actriz Olga Knipper (con quien se casaría luego) y donde soñar martingalas para ganarle al casino.

Dos locos de "los años locos"

Francis Scott Fitzgerald y Zelda fue, en los años ’20, la pareja más emblemática de escritores extranjeros en la Costa Azul. La pareja sirvió para el chisme y el sarcasmo. Cuando llegaron por primera vez Zelda tenía 24 años y Fitzgerald 27, se sentían parte de los «happy few», habían pasado de la pobreza a tener dinero en el bolsillo, un auto lujoso y ser invitados por magnates. Al poco tiempo la pareja conoció a un grupo de aviadores franceses de los que se hicieron amigos. Zelda sobre todo de un tal Edouard Jozan. Fitzgerald intentó ignorar la intimidad creciente de Zelda con Jozan. No fue posible. Eligió representar el drama, contarlo a los cuatro vientos, confrontar a los amantes, dejarse llevar por un juego de humillaciones sin que eso significara, en ese momento, algún cambio. La crisis a Fitzgerald le sirvió para transformar a Jozan en personaje en dos de sus más famosas novelas: Buchanan en «El Gran Gatsby» y Barban en «Tierna es la noche». Uno de los mayores y extensos sarcasmos sobre Fitzgerald y su loca forma de actuar, sobre los delirios y tormentos de Zelda, los escribió otro norteamericano, Ernest Hemingway, en su obra «París era una fiesta».

El triangulo de Hemingway

Las vacaciones son un tiempo de exaltación hedonista. En el caso de Hemingway esa conducta se multiplicaba. Aunque en algunas ocasiones se sintiera culpable.

Hemingway pasó sólo una temporada, en 1926, en la Costa Azul. Había sido invitado por los Murphy a su villa, «luego de que vayan Francis Scott Fitzgerald y Zelda, su mujer». La primera en llegar fue Handley, la esposa de Hemingway, con el hijo de ambos.

El escritor de «Por quien doblan las campanas» apareció días después. Apenas un poco más tarde llega Pauline Pfeiffer, desde hacía poco la amante del escritor, y con quien se casaría al año siguiente.

Nunca llegó a ser un menage a trois, como se permitió por allí cerca el amoral Henry Miller. Por otra parte, la esposa de Hemingway apenas sí mostró pudorosamente que sufría. La situación se tornó penosa. Un matrimonio deshecho fingiendo una representación que nadie podía creer. Ese sólo veraneo en la Costa Azul estuvo presente como una culpa en Hemingway, dejó la confesión en su novela póstuma «El jardín del Edén».

La isla de H.G. Wells

Durante seis años -de 1925 a 1931- Herbert George Wells (autor de «El hombre invisible», «La isla del Dr. Moreau», «La máquina del tiempo» y «La Guerra de los Mundos») estuvo viajando, cada vez que podía, de Inglaterra a la Costa Azul a causa de una crítica literaria.

Había elogiado en una reseña periodística el libro «Bajo Lenin» de la ensayista Odette Keun. Esto propició un intercambio epistolar que se fue haciendo cada vez más íntimo, hasta que decidieron conocerse. Ella vivía en la Costa Azul y lo esperó en un cuarto en penumbras. Era morocha, de mirada vivaz y aniñada, aparentaba menos de los 36 años que tenía. Fue el flechazo. H.G. Wells era un famoso escritor de 58 años, con una esposa, Jane, gravemente enferma.

Odette le ofrece durante largo tiempo una isla de placer y el apoyo que el escritor necesitaba. Pero no es suficiente. El autor de «Los primeros hombres en la Luna» comienza a sentir una insatisfacción creciente, que lo lleva a visitar los lugares más mundanos de la Costa Azul. Las discusiones se repiten.

La relación apasionada se había vuelto una detestable rutina. Un día Wells decide dejarle la villa que había comprado para los encuentros. A sus amigos en Londres les explica, «supe que era mucho lo que perdía pero la sensación de liberación fue más».

La estatua viviente

Hoy se han popularizado y aparecen por todas partes: personas, por lo general maquilladas de blanco, que fingen ser estatuas. Pero en 1928 era algo insólito.

El dramaturgo alemán Bertolt Brecht paseaba por La Ciotat, un puerto de la Costa Azul, cuando observó una muchedumbre en torno de una estatua. Era un soldado de bronce con todas su ropas y su arma. Al pie un cartón informaba: Hombre estatua. Fui soldado en Verdún, allí aprendí a quedarme inmóvil, es una enfermedad para la que no encuentran cura. Soy un padre de familia sin trabajo, le ruego su colaboración. Ese encuentro lo llevaría más tarde a Brecht a escribir uno de sus «Cuentos de almanaque» explicando que había visto en esa estatua viviente «el soldado anónimo de todas las guerras».

La mariposa de Virginia Woolf

Una carta de su hermana Vanessa donde le hablaba de «la ronda loca de las falenas alrededor de la lámpara, en torno a mí», fascinó a Virginia Woolf. No dejó de pensar en las falenas ni en su hermana Nessa, la pintora. Falenas son unas «mariposas de cuerpo delgado y alas anchas que se mantienen rígidas en las ramas de los árboles mimetizándose con ellas», así lo explica Julio Cortázar (otro de los visitantes del sur de Francia) en uno de sus memorables cuentos.

Virginia Woolf pasó varias temporadas en la Costa Azul. En 1928 estuvo durante un mes y esa estadía no hubiera tenido la menor importancia si la escritora no hubiera sufrido el acoso de las falenas. Al punto que le permitió comenzar a forjar una novela a la que iba a llamar «Las falenas». Será, escribe en sus diarios, una historia de amor. «Un hombre y una mujer sentados en silencio, de pronto ella se levanta y abre la ventana y deja entrar la última falena».

Virginia no se podía sacar de la cabeza a esa mariposa, a la que su hermana Vanessa hubiera destruido de un manotazo o jugaría a cortarla en dos con una tijera. El terminar la novela, a la que finalmente tituló «Las Olas» le hizo acabar también con su obsesión por las falenas. La obsesión con la que no pudo acabar nunca fue la que tenía con su hermana, esa «falena» por quien tuvo siempre, hoy se sabe, una adoración incestuosa.

El suicidado de la Revolución

Vladimir Maiakovski, el mayor poeta de la Revolución Rusa, fue (como Dostievski) un jugador empedernido. Prefería los placeres de la buena vida, las vacaciones en la Costa Azul, a las efusiones del proletariado en los recitales a los que lo conminaban los bolcheviques. Un anochecer de fines de abril de 1929 otro ruso, Georges Annekov, un poeta menor de antología, creyó reconocerlo por las calles de Niza. No alcanzó a saludarlo. Maiakosvski le disparó: «¿Tenés algo de plata?». Acababa de perder todo su dinero sobre el paño verde del casino de Montecarlo, sólo le quedaba el pasaje de regreso a Rusia. Annekov sacó todo lo que llevaba en sus bolsillos. «Es demasiado, susurró Maiacovski, tanto como para que te invite a compartir una bouillabaisse». Durante la cena hablaron de Moscú. Annekov dijo que no regresaría porque quería seguir siendo un artista. «Yo volveré -dijo Maicovski- porque he dejado de ser poeta, ahora... -bajo el tono como con vergüenza- soy un funcionario».

El 14 de abril de 1930 Maicovski regresó a Moscú. Pocos días después se suicidó de un disparo al corazón. No soportó ser el funcionario poeta del régimen de Stalin.

Las vacaciones forzadas

El ascenso de Hitler al poder pone en alerta a los escritores alemanes. Pero cuando los nazis inician la campaña de destrucción de la literatura «de espíritu no alemán» y quema de libros sospechosos, los intelectuales hostiles o simplemente críticos se ven forzados al exilio. Uno de los grandes centros de inmigración es Sanary, en la Costa Azul, que se convierte para unos en «la capital secreta de la literatura» y para otros «Weimar en el exilio». Van llegando individualmente y se mantienen dispersos. Falta la gran figura que los reúna, algo que ocurre cuando el 6 de mayo de 1933 llega Thomas Mann.

El autor de «La Montaña Mágica» sentía que no podía continuar en su patria esperando el día en que le confiscaran sus bienes. Su hermano Henrich, que se había casado en la Costa Azul seis años antes, no había parado de hablarle de la belleza del Mediterráneo. Thomas Mann consigue una mansión confortable y refinada en Sanary y decide que ese será su lugar de residencia mientras el nacional socialismo se mantenga en el poder.

La presencia de Thomas Mann, su hermano Henrich y su hijo Klaus convirtió a la Costa Azul en el lugar de elección de las vacaciones forzadas de los intelectuales alemanes en esa época. En las tertulias de los bares se podía ver a Ernst Bloch, Franz Werfel, Stefan Zweig, Walter Benjamin, Bertolt Brecht, entre los más famosos.

La Costa Azul será también lugar de elección para un antiguo oficial de la Wermacht que desde otra perspectiva, la de un «anarca» -es decir de quien tiene una profunda independencia interior-, se opone a Hitler: Ernst Jünger, cuyos diarios «Radiaciones», se encuentran entre las obras fundamentales del siglo que termina.

Los borradores de "Lolita"

El nazismo también hizo huir de Berlín a quien antes había escapado del comunismo, el ruso Vladimir Nabokov. Su mujer es judía, su hijo Dimitri tiene cinco años. En 1937 viajan a Cannes en trenes distintos. Nabokov pasa antes por París donde se edita la revista literaria de los exilados rusos, donde entre otros escribe Nina Berberova. En París el autor de «Pálido fuego» se enamora de Irina Guadagnini. Apenas llega a Cannes se lo confiesa a su mujer, que se muestra comprensiva. Irina lo sigue. Está sentada en la playa cuando ellos llegan. Se pasea por las mismas calles. Nabokov la ama pero no quiere herir a su mujer y decide romper con el encantamiento: hablar con Irina y no volver a verla.

En la edición norteamericana de su novela «Lolita» Nabokov agregó un postfacio donde cuenta cómo en el otoño de 1939 escribió un borrador de esa famosa novela y el título que había pensado era «El encantador» y trataba de un seductor seducido, de alguien que no podía romper con el encantamiento de una ninfa.

La "escapada" de Simone

Simone de Beauvoir tenía el gusto por la aventura. Y, ahora se sabe, por algunas aventuras en especial. Formó con el polígrafo (filósofo, periodista, dramaturgo, político de izquierda, novelista y cuentista) Jean-Paul Sartre una pareja que fue durante mucho tiempo mítica, la unión cómplice de dos escritores. A partir de 1937 descubren, sobre todo Simone, el gusto por la Costa Azul. Y a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, comienza para la pareja la etapa de los grandes viajes. La Costa Azul es uno de sus destinos favoritos. Los intelectuales franceses que tienen allí sus residencias de vacaciones los esperan. Algunos hasta tienen lugares reservados para ellos.

En 1951 a Sartre le había atacado el gusto por el sky, y había elegido irse a los Alpes mientras terminaba «El Diablo y el Buen Dios». Simone prefirió la calidez del Mediterráneo. La pareja había sido invitada a Cabris por unos amigos. Se apareció con el escritor norteamericano Nelson Algren, autor de la novela «El hombre del brazo de oro». Pareció natural que, en ausencia de Sartre, invitara a uno de sus muchos escritores amigos y más aún tratándose de un extranjero. Apenas sí llamó la atención la apasionada convivencia. Se consideraba que se trataban sólo de gentilezas hacia un invitado.

Excesivas por momentos tratándose de la habitualmente distante y fría novelista.

Hoy se sabe que Nelson Algren no sólo fue el amante de Simone de Beauvoir, sino que ella siempre lo tuvo como el gran amor de su vida, aunque decidiera no abandonar a Sartre hasta su último suspiro.

* Atrapado por la inspiración.

«Yo no temo a nada, no espero nada, soy libre» dice una placa en la entrada de una casita de la Costa Azul. La firma a esa frase, Nikos Kazantzakis, sorprende porque corresponde a un escritor que buceó permanentemente en lo religioso y lo metafísico, que no cesó de medirse con Dios.

El gran escritor griego hizo de los viajes una plataforma para escribir. Todas sus grandes novelas, como «Zorba el griego», nacieron en viajes a España, Italia, URSS, China y Japón.

En 1946, cuando Grecia estaba en plena guerra civil y luego de haber sido consejero literario de la Unesco, eligió exiliarse en la Costa Azul. El lugar reavivó su inspiración. Dejó que Eleni, su mujer, abriera las valijas y acomodara las cosas. Se lanzó a escribir sin parar. En dos semanas terminó la tragedia «Sodoma y Gomorra» y de inmediato comienza «Cristo de nuevo crucificado». Lo que iba a ser una temporada de vacaciones se convierte en lugar de residencia, el escritor nómade encuentra su lugar y se vuelve sedentario. Sólo la enfermedad le impone viajar a hospitalizarse, pero, apenas mejora, regresa a «soñar desde el Mediterráneo». Un 26 de octubre de 1957, luego de haber terminado «El pobrecito de Asís» y cuando principiaba su versión de la «Odisea» de Homero, contempló por última vez ese mar que lo unía a distancia con sus orígenes.

* El hombre que se volvió literatura.

Durante 23 años el polaco Witold Gombrowicz fue argentino. En 1939 un premio literario lo trae casualmente de Gdansk a Buenos Aires, luego ya no puede volver a Polonia a causa de la guerra. En la Argentina padece el anonimato. Las capillas literarias lo consideran un raro y lo expulsan. Sólo consigue la amistad de un grupo de jóvenes de provincia y la traducción de su novela «Ferdydurke», que pasa desapercibida. En los años ’60 comienza a crecer su fama en Europa. Otro premio (el internacional de literatura Formentor) lo lleva esta vez a Francia. Decide instalarse en 1964 en la Costa Azul porque, con su habitual ironía, sostiene que se parece a Mar del Plata con su escenografía de cartón pintado. Además se siente «al sur», una de sus nociones cardinales, como la de «inmadurez», que señala algo inacabado, espontáneo que opone a lo maduro y artificial.

Es en la Costa Azul donde, a los sesenta años, el eterno solterón, que se divertía provocando con su ambigüedad, la pulcritud de su estilo y un buscado manierismo, decide casarse con su compañera Rita. ¿Es el amor? No, declara, es para confirmar la «convivencia» y jugar a ser como un pequeño burgués «tener una familia, un departamento y un perro» y hasta envidiar, mirando por la ventana, a quienes van a comprar el pan en un Rolls-Royce. Luego de años de pobreza y marginalidad extrema el genial escritor se permite el confort y hasta una mirada turística hacia la realidad. Aunque en el fondo se sintiera esclavo del Gombrowicz que había forjado y llegara a confesar que ya no había para él vacaciones porque «me he convertido en literatura».

En su departamento de la Costa Azul recibe constantemente a amigos: Milosz, Sábato (uno de los pocos argentinos que lo ayudó), Wahl, Sarduy, entre muchísimos otros. De los pintores que pueblan la zona elige a Jean Dubuffet para el diálogo personal y epistolar. Un día su mujer le pregunta: «¿Por qué no mirás de frente a la gente? Porque veo demasiadas cosas, le contesta.

Aún cuando está en el sur de Francia, no deja de pensar en aquel otro sur que se había instalado en él para siempre, la Argentina. Su último texto, una obra teatral, «Opereta», fue un proyecto que había iniciado en Buenos Aires, en 1958.

M.S.



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«Al romper el alba»
Ernest Hemingway

«Lolita»
Vladimir Nabokov

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