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Las vacaciones de los escritores

Historias de escritores en la Costa Azul

¿El libro seguirá siendo el libro en el siglo que viene?

 

HISTORIAS PARA CINE

Ethan Coen, «Las puertas del Edén» (Bs. As., Emecé, 1999, 233 págs.)

Como realizadores de cine, los hermanos Coen -Ethan y Joel- han producido películas de primer nivel, apreciadas por el público y la crítica. Basta citar a «Barton Fink» y a «Fargo». En «Las puertas del Edén», Ethan Coen demuestra ser, además, un buen cuentista. Cuentos que, no es redundante señalarlo, guardan estrecha relación con su cine.

Son relatos falsamente duros. Pasan cosas en apariencia truculentas que en la realidad no lo son o, al menos, no lo son tanto. El lenguaje que los constituye, soez en los tramos coloquiales, se adecua a la perfección a los personajes y las situaciones. Son cuentos donde brilla el humor negro; pero si hubiera que establecer la medida del humor y la negrura, predominaría el humor ampliamente.

Los textos, catorce en total, son de calidad muy pareja. «Una fiebre en la sangre» es el primero; en cierto modo, da la pauta de los que serán los restantes. Las mutilaciones que sufre su protagonista, Víctor Strang, despiertan una mezcla de compasión y divertimiento. «El país antiguo» y «Yo maté a Phil Shapiro» remiten a los orígenes del narrador; hay un temblor de emoción en estas historias a la vez judías y muy norteamericanas. «Cosa minapolitana» (síntesis de Minneapolis y de Nápoles) en la que la mafia o, más bien, un conjunto de lamentables mafiosos son tomados en broma; «Héctor Berlioz, investigador privado», donde se detallan los traspiés de un detective de opereta; «Jonnie Ga-Botz», que de modo coloquial nos presenta un crimen por encargo que linda con el disparate o casi y «Las puertas del Edén» que ilustra las desventuras de un controlador de pesas y medidas con una bella japonesa, son, quizá, los logros máximos del libro. Simpático texto que invita a que cualquiera de sus episodios llegue al cine de manos de Ethan y Joel Coen.
Gabriel Montergous

ATRACTIVAS MEMORIAS

Marcel Pagnol, «La gloria de mi padre. Recuerdos de infancia» (Bogotá, Ed. Norma, 1999, 282 págs.)

No es de mí de quien hablo, sino del niño que ya no soy". Así presentaba sus memorias Marcel Pagnol, hombre de cine, letras, y teatro, y, en primer término, hombre de la Provenza. Definía esas memorias, casi sin darles importancia, como «testimonio de una época desaparecida, y una cancioncilla de devoción filial, que quizá pase hoy por una gran novedad». Ese hoy era a mediados de los años ’60.

Por entonces, Pagnol ya vivía prácticamente de su gloria, de las lágrimas y aplausos que seguían despertando «Angele» y «La mujer del panadero», y de la remake norteamericana de su trilogía «Marius»-«Fanny»-«Cesar». Fue entonces que una revista de interés general (entonces las revistas de interés general eran otra cosa) le pidió unos recuerdos personales para su número de Navidad. No hubo ninguna mención a la Navidad en esos recuerdos, pero el artículo gustó tanto que terminó expandiéndose a dos libros hermosos: «La gloire de mon père», y «Le château de ma mère».

Una primera edición castellana de esos textos, hoy es inconseguible. Las dos películas que el maestro de la comedia Yves Robert hizo, en base a dichos libros, dos películas deleitables, encantadoras, ya no se pasan por cable ni están en video. Pero, al fin, apareció para nuestro continente, la edición que comentamos. Adecuadamente traducida, bienvenida, sólo cabe lamentar el dibujo de tapa. No tiene realmente que ver con su contenido, ni con el espíritu de la obra. El padre del escritor era un maestro de escuela, no un hombre de armas.

Acaso el equívoco se de-ba al episodio central del libro, unas vacaciones en las luminosas sierras provenzales. Y, en medio de esas vacaciones, un risueño episodio de caza, que permitió al hijo querer más a su padre, precisamente por encontrarlo más humano.

Pagnol tenía una habilidad especial para pintar personajes llamativos y al mismo tiempo iguales a uno, para hacerles decir cosas elevadas de un modo creíble, y para hablar de la caridad y el amor, sin nombrarlos casi nunca. Sabía ponerse en el lugar de los demás. Y en este caso se puso, con ternura y a plena conciencia, en el lugar de ese niño que había sido, fascinado por todo, ansioso de conocimientos, serio ante las explicaciones a veces mentirosas de los mayores, devoto protector de su jovencita madre, cómplice de su admirado padre.

Sus memorias cuentan aventuras, descubrimientos, episodios indelebles de cualquier chico (anécdotas familiares, interpretaciones y consideraciones acerca del mundo y el cuerpo femenino, expectativas ante un paseo, etc.), las cuenta con cariñoso buen humor, y se leerían francamente de un solo tirón, si no fuera que...Pagnol escribía tan bien, tan deliciosamente, que más de una vez, en lugar de ir a la página siguiente, uno se detiene en un párrafo, vuelve a leerlo, se enamora.

El escribía, por ejemplo, «En medio de la plaza, la fuente hablaba sola». Y seguía escribiendo. Pero uno ya no puede seguir leyéndolo, como si nada.
Paraná Sendrós

ROAD MOVIE ARGENTINA
Eduardo Terraneo, «El sueño del cordero» (Bs. As., Ameghino, 1999, 187 páginas.)

Gabriel Telher es un abogado mediocre y bastante desencantado de la vida que se involucra junto a un grupo de marginales en un desenfrenado viaje a Mar del Plata. El objetivo de la banda es asistir a un concierto de Los Redonditos de Ricota, una experiencia casi mística que promete liberarlos de sus humillaciones diarias, aunque sólo sea momentáneamente. Para el abogado, en cambio, el viaje responde a motivaciones mucho más oscuras. A través de esta aventura de fin de semana Telher intentará jugar el papel de héroe y más tarde el de traidor. Pero estos disfraces sólo ponen al descubierto su inconfesada voluntad de inmolación. «El sueño del cordero», primer título que da a conocer Eduardo Terraneo, es una novela de trama nerviosa y palpitante que incluye pasajes de delicado lirismo. El relato de ese viaje caótico que pasa del clima festivo a la sordidez más alucinante, somete al lector al ritmo vertiginoso de los acontecimientos con personajes que provocan simpatía y rechazo a la vez.

Las imágenes del viaje son tan elocuentes como las de una road movie. La llegada a Mar del Plata y, más tarde, el explosivo encuentro con la Policía introduce un inesperado tono épico en el relato. Pese a las muchas ironías que prodiga el autor las escenas nunca pierden su conmovedor dramatismo. Terraneo logra una acertada recreación de la jerga callejera e incluye rasgos bastante reconocibles de ciertas tribus urbanas, como la de los «ricoteros». Pero lejos de engolosinarse con el recurso, sólo se vale de él para dar mayor carnadura a sus personajes.

En esta aventura de perdedores abundan la acción y las situaciones pintorescas, pero lo que empieza como una especie de gran broma va dejando el relato picaresco hasta derivar en un compulsivo descenso a los infiernos. «El sueño del cordero» es de esas historias que se leen de un tirón. Por el contexto en el que se mueven sus criaturas es probable que logre mayor adhesión entre los jóvenes, quienes sin duda encontrarán en la novela más de un punto de identificación.
Patricia Espinosa

RECUPERAN FILOSOFA
Robert Cole, «Simone Weil». (Barcelona, Gedisa, 1999, 213 págs.)

Que un psiquiatra investigue a una mujer a la que De Gaulle llamó «loca» es comprensible. Que un profesor de humanidades médicas, que escribió sobre «Niños en crisis» (y ganó el Pulitzer) y «Mujeres en crisis», hiciera una biografía de una mujer enormemente conflictuada es más comprensible aún. Pero Simone Weil, en 34 años de vida, fue mucho más que eso. Hoy es considerada una leyenda, una figura enigmática y perturbadora, y, demasiadas veces, como «la mística del siglo XX».

Y si bien tuvo devaneos con la política y con lo social (trabajó en fábricas para escribir sobre «la condición obrera», colaboró con los republicanos en la Guerra Civil Española, fue partisana contra los nazis, se dejó morir de hambre como una especie de decisión opositora), lo que queda de ella es, fundamentalmente, su obra metafísica, comparada a la de Pascal: revelaciones de lo sagrado que la llevaron a su conversión del judaísmo al catolicismo, y, a la vez, a enfrentar a la Iglesia. Cole encontró la idea de este libro en la pregunta de un colega: «¿dónde era más sana y dónde estaba más loca que otros?»

Cada dato de la vida de Weil, reconoce Cole, lo deja perplejo. «¿Cómo alguien tan sensible, considerado y decente, que busca estar libres de engaños, hipocresía y banalidad, podía ser tan ciego, tan tercamente obtuso y aborrecible en otros aspectos?» Esto le hizo dejar de lado a Cole la veneración y conservar la capacidad crítica y lo decidió a escribir sólo ensayos sobre la vida y los temas que trabajó Simone Weil. Una vez concluidos se los ofreció a Anna Freud para que le hiciera observaciones, que incluyó en su obra, aunque dejó de lado el título que la psicoanalista le propuso: «Weil, la maravillosa rezongona». Todos esto hace de esta biografía una obra, a la vez, atractiva e inclasificable.
Manuel Soler Herrera

REPORTAJES A ACTORES
José Martínez Suárez, Guillermo Alamo, Mario Gallina y otros, «Nuestros actores I» (Bs. As., Ed. del Jilguero, 1999, 190 págs.)

Luego de reportear actrices argentinas de distintas épocas a lo largo de tres tomos, Ediciones del Jilguero inicia ahora una serie similar, dedicada a los hombres. El esquema es casi el mismo, pero también aparecen un reportaje a tres voces (dos jóvenes entrevistadores y un actor igualmente joven), y, lo más singular, unos reportajes a un par de artistas fallecidos.

En un caso, se reeditan dos charlas de Moira Soto con Alberto Olmedo, ya oportunamente publicadas en «Tiempo Argentino». Son buenos trabajos, pero de seguir ese esquema en próximas ediciones podríamos encontrar la vida de Florencio Parravicini, tal como él se la contó a «Sintonía», allá lejos y hace tiempo.

El otro caso, más interesante, recopila una larga entrevista que el director y docente José Antonio Martínez Suárez le hizo en su momento, y en video, al venerable Arturo García Buhr. Este trabajo forma parte de una serie de fatigas que Martínez Suárez se está tomando por su sola cuenta, registrando en video profesional las memorias de los viejos artistas de nuestro cine, trabajo que él hace solo, o con sus alumnos, pero que debería recibir un justo apoyo por parte de ciertas instituciones.

Volviendo al libro. Como de costumbre, los artistas más veteranos son los que dicen las cosas más interesantes (ej., Osvaldo Miranda, Onofre Lovero, Duilio Marzio), aunque en esto debe apreciarse también la altura de los reporteros. Hay quien pareciera que transcribe la grabación de una charla sobre bueyes perdidos, y hay quienes hacen honor a su profesión, y a la profesión del entrevistado. Lástima los errores que se deslizaron en un par de filmografías adjuntas, errores atribuibles, según parece, a un comedido de la editorial. Ya lo dice el refrán...

Paraná Sendrós



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"EL DESEO DE SER UN VOLCAN "
Onfray , Michel

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