Escribe Héctor TimermanLa decisión de Fernando de
la Rúa de iniciar el debate parlamentario sobre
la regulación de los decretos de necesidad y
urgencia en el Senado y no en la Comisión de
Asuntos Constitucionales de Diputados, tal como
estaba previsto, forma parte de la necesidad de
calmar el resentimiento generado por Carlos
Álvarez cuando calificó a los senadores de
«banda de extorsionadores». El gesto
presidencial fue bien recibido por muchos
senadores pero principalmente por Jorge Yoma,
quien desde su reunión privada con el Presidente
se ha lavado la pintura de guerra que adornaba su
rostro desde hacía varias semanas.
La satisfacción
del senador riojano contrastaba sin términos
medios con la desilusión de algunos diputados
radicales y especialmente de Elisa Carrió, quien
preside la Comisión de Asuntos Constitucionales
en la Cámara baja, ya había comenzado a tratar
el tema cuando el diputado Horacio Pernasetti le
manifestó el deseo presidencial. Si bien la
diputada Carrió no ve en esta maniobra un
interés en desairarla por sus posturas
independentistas desconfía de una estrategia que
puede dejar en manos de la mayoría peronista del
Senado la posibilidad de asestarle otro golpe al
oficialismo aún más contundente que el
propinado con el rechazo a la reducción de
sueldos estatales.
Tendencia
Al margen del
interés político de tratar de acallar la
discordia originada por quienes reclaman el fin
de los pactos espurios de gobernabilidad, el
debate sobre la validez de los decretos de
necesidad y urgencia indica una tendencia que se
viene agravando desde la vuelta a la democracia
en 1983, que es ni más ni menos que restringir
el rol del Poder Legislativo, muchas veces
incontrolable, basando la legalidad de las
acciones del Poder Ejecutivo sobre dictámenes de
la Corte Suprema. La misma Corte tantas veces
acusada de cautiva del menemismo por la Alianza y
que ahora han descubierto que también puede ser
aliancista. ¿Bajo cuántas llaves habrá quedado
archivada la cantidad de acusaciones y de juicios
políticos pedidos por los otrora opositores
contra los jueces supremos durante el anterior
gobierno? La ofensiva contra el Congreso hace
equilibrio sobre dos ejes. Uno pivoteado por el
vicepresidente Álvarez, y que consiste en
desprestigiar a los legisladores frente a una
opinión pública sensibilizada por temas de
corrupción.
Ataques
En estos días los
ataques se concentran en los senadores dejando de
lado a los diputados a pesar de que quienes
transitan desde hace años el Palacio Legislativo
dan fe que las cuestionables prácticas
denunciadas se llevan a cabo en ambas cámaras.
Si bien los ejemplos abundan, el más comentado
es la eficiencia de Rafael Pascual en no seguir
el ejemplo de su par en el Senado y hacer
pública la lista de los empleados afectados a
los diputados y dejar pasar los días sin
pronunciar la palabra ñoquis ni siquiera en un
restorán.
La intensidad de
estos ataques que por ahora nunca llegan al
límite del no retorno aunque siempre se amenaza
con volar los puentes según los dichos de un
secretario de la Cámara y amigo personal del
vicepresidente son regulados por la suerte del
otro eje y que son los pedidos públicos de De la
Rúa para que se aprueben más velozmente los
proyectos enviados al Parlamento y las
explicaciones privadas a empresarios y
financistas, especialmente extranjeros, que los
tiempos del Congreso lo tornan ineficiente frente
a la velocidad que se requiere para gobernar en
la era de la globalización. Curiosamente, el
primer Poder Ejecutivo en décadas compuesto por
legisladores de larga trayectoria es quien tilda
a sus ex colegas de corruptos o ineficientes.