Cuando aparecen disidencias internas
respecto de la orientación oficial y se escucha
cierto desaliento en buena parte de los
dirigentes del radicalismo, este alineamiento de
la UCR detrás del Presidente podría haber sido
mejor aprovechado por la Casa Rosada. Pero,
claro, a los «image makers» delarruistas la
convención nacional les resulta tan
intrascendente como un congreso de filatelistas.Acaso Antonio de la Rúa,
Ramiro Agulla y el resto de los «imaginarios»
tengan razón. Para que adquiera algún
significado público lo que se discutió esa
noche del viernes en la «casa de las luces» -el
edificio se pagó con la coima de la Chade al
bloque de concejales radicales en los años
30- requiere de traductores. Separados por
bandas en los distintos pisos del caserón, los
principales dirigentes del partido pelearon hasta
la madrugada por caramelos de plástico,
posiciones enteramente simbólicas como la
vicepresidencia primera o la secretaría de un
cuerpo que se reúne una vez por año, con
suerte, para emitir documentos que ahora deben
ser sometidos al «nihil obstat» de Chacho
Alvarez para que sobreviva la Alianza.
En el piso
superior, «Maco» Fernández Gaido, el
presidente de la UCR porteña, convidaba
«etiqueta negra» a los más ancianos. Hombres
como Juan Trilla o Adolfo Gass que aprovechan
estas ocasiones para que les escuchen sus largas
historias, encuentran docilidad en los oídos de
quienes saben que hasta pasada la medianoche no
ocurrirá nada.
Como durante el
anterior gobierno radical, Enrique «Coti»
Nosiglia y Leopoldo Moreau siguen en veredas
distintas. Ese día Nosiglia tomó el 2° piso
para encerrarse con los suyos: el chaqueño Angel
Rozas, el catamarqueño Oscar Castillo, Omar
Jorge, delegado para estas ocasiones de Melchor
Posse. El cuarto, en cambio, lo reservó
«Marciano» Moreau, escoltado por hombres de
Juan Manuel Casella y de Federico Storani, quien
no concurrió al encuentro y se hizo representar
por César Martucci.
Las disputas por
la conducción de la Convención fueron un mapa
de otros conflictos que se reproducen en otra
escala respecto del gobierno nacional. Moreau
había intentado, en un comienzo, imponer el
nombre de Jorge Brizuela del Moral, intendente de
Catamarca enfrentado a Castillo, amigo de
Nosiglia. Pero ese objetivo se volvió secundario
respecto de otro más importante: impedir que
Alejandro Armendáriz, alfonsinista, se
consagrara vicepresidente del cuerpo.
El enfrentamiento
sólo se explica recordando que Moreau compite
con Raúl Alfonsín por la senaduría de la
provincia de Buenos Aires para las elecciones del
año próximo. Alfonsín resistió la tentación
de aparecer en los preparativos de la reunión,
cultivando de esa manera su look de caudillo
«universal». Pensaba resistir en su despacho
del Comité Nacional hasta que todo estuviera
acordado, para poder brindar en paz su informe
como presidente del partido. Pero la aparición
prematura de De la Rúa lo traicionó y debió
presentarse en el lugar, a desgano. Igual no se
quedó mucho: a la hora de comer se refugió con
Margarita Ronco en una parrilla de la calle
Rodríguez Peña entre Tucumán y Viamonte a
esperar novedades, en vano.
Cuando visitó la
casa radical, De la Rúa se sentó al lado del
gobernador Sergio Montiel, y lo proclamó en
público antes de que lo eligieran: «Es el
presidente in péctore de la
convención», dijo, robándole un tic verbal a
su antecesor Carlos Menem. Después dirigió el
discurso de rigor y se marchó.
Así les dio la
oportunidad a Moreau, Nosiglia y el resto para
seguir tirando de la cuerda de sus pretensiones.
Guillermo Moreno Hueyo, que había comenzado la
tarde como candidato a presidir el cuerpo, se
consoló con la secretaría general. Calmaba sus
nervios esa noche bajando y subiendo por los
pisos de la sede, tratando de arrancar un dato
sobre su destino en cada conciliábulo.
Tan mal no le fue.
Storani, quien contó con la colaboración de
Moreau para promover a Rodolfo Quesada como
vicepresidente, terminó derrotado a manos de
Armendáriz. Un radical que daba la sensación de
no quererlo, comentó: «Es lógico, ¿cómo iba
a ganar Fredi si Corach no participa
de estas peleas?». Interrogado sobre esa frase
enigmática, ese radical siguió: «¿Ustedes no
saben que el Ministerio del Interior se lo maneja
Corach? Si fue él el que le pidió a Fernando
(De la Rúa) que lo ponga al frente del diálogo
político...». Las internas radicales dan
siempre lugar a este tipo de odios, aunque debe
admitirse que la del viernes ha de ser la primera
vez en que un ministro del Interior pierde en una
interna microscópica de su propio partido.
El otro lugar en
disputa, otra vicepresidencia de la convención,
se lo llevó Antonio Fabrizzín, un seguidor del
santafesino Horacio Usandizaga. Moreau y Storani,
llamativamente, no consiguieron un solo lugar en
la mesa.
Cuando se
alcanzaron estos acuerdos ya se estaba sobre la
una de la madrugada. A Alfonsín se le caían los
párpados y ni la derrota de «Marciano» lo
despabilaba. Por eso se votó por aclamación el
acuerdo alcanzado y el informe del Comité
Nacional quedó para otra oportunidad.