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Derrota de Storani en micro-interna

Escribe Pedro L. Aquino

"¿Está todo arreglado o no?", preguntó Leonardo Aiello, el secretario de Fernando de la Rúa, desde la Casa Rosada. Del otro lado de la línea, en el 5° piso del Comité Capital, el senador José María García Arecha le informó: «Acá todos se siguen peleando pero que venga igual; con la noche como está, si va a Olivos no viene más a la Convención».

De la Rúa, que ya había tomado el yogur de todas las noches antes de la partida, se puso el sobretodo y se encaminó hacia la sede partidaria. Lo recibieron con aplausos, como corresponde a un hombre del partido que gobierna el país.


El sábado de madrugada terminó la convención nacional de la UCR, en la que habló Fernando de la Rúa con un cuadro de Hipólito Irigoyen a sus espaldas. Sergio Montiel, en la foto, fue electo para presidirla.
Cuando aparecen disidencias internas respecto de la orientación oficial y se escucha cierto desaliento en buena parte de los dirigentes del radicalismo, este alineamiento de la UCR detrás del Presidente podría haber sido mejor aprovechado por la Casa Rosada. Pero, claro, a los «image makers» delarruistas la convención nacional les resulta tan intrascendente como un congreso de filatelistas.

Acaso Antonio de la Rúa, Ramiro Agulla y el resto de los «imaginarios» tengan razón. Para que adquiera algún significado público lo que se discutió esa noche del viernes en la «casa de las luces» -el edificio se pagó con la coima de la Chade al bloque de concejales radicales en los años ‘30- requiere de traductores. Separados por bandas en los distintos pisos del caserón, los principales dirigentes del partido pelearon hasta la madrugada por caramelos de plástico, posiciones enteramente simbólicas como la vicepresidencia primera o la secretaría de un cuerpo que se reúne una vez por año, con suerte, para emitir documentos que ahora deben ser sometidos al «nihil obstat» de Chacho Alvarez para que sobreviva la Alianza.

En el piso superior, «Maco» Fernández Gaido, el presidente de la UCR porteña, convidaba «etiqueta negra» a los más ancianos. Hombres como Juan Trilla o Adolfo Gass que aprovechan estas ocasiones para que les escuchen sus largas historias, encuentran docilidad en los oídos de quienes saben que hasta pasada la medianoche no ocurrirá nada.

Como durante el anterior gobierno radical, Enrique «Coti» Nosiglia y Leopoldo Moreau siguen en veredas distintas. Ese día Nosiglia tomó el 2° piso para encerrarse con los suyos: el chaqueño Angel Rozas, el catamarqueño Oscar Castillo, Omar Jorge, delegado para estas ocasiones de Melchor Posse. El cuarto, en cambio, lo reservó «Marciano» Moreau, escoltado por hombres de Juan Manuel Casella y de Federico Storani, quien no concurrió al encuentro y se hizo representar por César Martucci.

Las disputas por la conducción de la Convención fueron un mapa de otros conflictos que se reproducen en otra escala respecto del gobierno nacional. Moreau había intentado, en un comienzo, imponer el nombre de Jorge Brizuela del Moral, intendente de Catamarca enfrentado a Castillo, amigo de Nosiglia. Pero ese objetivo se volvió secundario respecto de otro más importante: impedir que Alejandro Armendáriz, alfonsinista, se consagrara vicepresidente del cuerpo.

El enfrentamiento sólo se explica recordando que Moreau compite con Raúl Alfonsín por la senaduría de la provincia de Buenos Aires para las elecciones del año próximo. Alfonsín resistió la tentación de aparecer en los preparativos de la reunión, cultivando de esa manera su look de caudillo «universal». Pensaba resistir en su despacho del Comité Nacional hasta que todo estuviera acordado, para poder brindar en paz su informe como presidente del partido. Pero la aparición prematura de De la Rúa lo traicionó y debió presentarse en el lugar, a desgano. Igual no se quedó mucho: a la hora de comer se refugió con Margarita Ronco en una parrilla de la calle Rodríguez Peña entre Tucumán y Viamonte a esperar novedades, en vano.

Cuando visitó la casa radical, De la Rúa se sentó al lado del gobernador Sergio Montiel, y lo proclamó en público antes de que lo eligieran: «Es el presidente ‘in péctore’ de la convención», dijo, robándole un tic verbal a su antecesor Carlos Menem. Después dirigió el discurso de rigor y se marchó.

Así les dio la oportunidad a Moreau, Nosiglia y el resto para seguir tirando de la cuerda de sus pretensiones. Guillermo Moreno Hueyo, que había comenzado la tarde como candidato a presidir el cuerpo, se consoló con la secretaría general. Calmaba sus nervios esa noche bajando y subiendo por los pisos de la sede, tratando de arrancar un dato sobre su destino en cada conciliábulo.

Tan mal no le fue. Storani, quien contó con la colaboración de Moreau para promover a Rodolfo Quesada como vicepresidente, terminó derrotado a manos de Armendáriz. Un radical que daba la sensación de no quererlo, comentó: «Es lógico, ¿cómo iba a ganar ‘Fredi’ si Corach no participa de estas peleas?». Interrogado sobre esa frase enigmática, ese radical siguió: «¿Ustedes no saben que el Ministerio del Interior se lo maneja Corach? Si fue él el que le pidió a Fernando (De la Rúa) que lo ponga al frente del diálogo político...». Las internas radicales dan siempre lugar a este tipo de odios, aunque debe admitirse que la del viernes ha de ser la primera vez en que un ministro del Interior pierde en una interna microscópica de su propio partido.

El otro lugar en disputa, otra vicepresidencia de la convención, se lo llevó Antonio Fabrizzín, un seguidor del santafesino Horacio Usandizaga. Moreau y Storani, llamativamente, no consiguieron un solo lugar en la mesa.

Cuando se alcanzaron estos acuerdos ya se estaba sobre la una de la madrugada. A Alfonsín se le caían los párpados y ni la derrota de «Marciano» lo despabilaba. Por eso se votó por aclamación el acuerdo alcanzado y el informe del Comité Nacional quedó para otra oportunidad.

 
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