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Duhalde enojado con negociadores

Escribe Marcelo Mendieta (h)

Eduardo Duhalde desembarcó ayer en el Congreso con 2 premisas: desautorizar las negociaciones informales de diputados peronistas con la Alianza y, de paso, disciplinar a su propia tropa. Tras un encuentro imprevisto con Eduardo Camaño, su operador en la Cámara baja, almorzó con Ramón Ortega en el Senado, con quien simuló postergar cualquier definición pública sobre candidaturas, sean modelo 2001 o 2003.

Durante la charla con el autor de «Yo tengo fe», confesó el deseo de medir fuerzas con Raúl Alfonsín en los comicios del año próximo. Como se sabe, el ex presidente será el candidato a senador aliancista por la provincia de Buenos Aires.

Respecto de la carrera presidencial, mortificó a puertas cerradas a Carlos Ruckauf al eludir cualquier pronunciamiento. «No es momento de salir a apoyar a uno de los 3 gobernadores que, prematuramente, ya se lanzaron», censuró haciendo blanco en Carlos Reutemann, José Manuel de la Sota y su propio sucesor en la gobernación de Buenos Aires. Pese a las críticas por el apresuramiento ajeno, admitió ante Ortega que le gustaría volver a la gobernación en el turno siguiente.

El paseo de Duhalde comenzó a media mañana en Diputados, escala previa a su almuerzo con Ortega en la otra rama legislativa. Sin que mediara invitación o aviso -la confianza mutua permite este desapego al protocolo-, el ex gobernador se presentó ayer a las 10 en el despacho de Camaño, en el tercer piso del palacio de Rivadavia y Entre Ríos. Como el dueño de casa no estaba, el visitante le telefoneó al celular.

«Eduardo, te habla Duhalde; te estoy esperando en tu oficina, ¿dónde estás?», le preguntó entre risas. «Hola, Negro -respondió sorprendido Camaño que, en primera instancia,
no entendía si era un reto en tono de broma o una broma a secas-; todavía no salí de Quilmes, pero ya voy para allá, aguantáme.» Gracias a la autopista Buenos Aires-La Plata, el diputado no tardó más de 20 minutos en unir el trayecto que separa su domicilio del lugar de trabajo parlamentario. Apenas se acomodó en su sillón, el quilmeño se dispuso a escuchar el speech duhaldista. Café por medio, el ex gobernador desgranó su preocupación por la situación interna del bloque PJ de la Cámara baja. «Con este cuadro, el único que puede capear el temporal es (Humberto) Roggero; no podemos dejar que todo quede en manos de (Jorge) Matzkin o de (Arturo) Lafalla», ordenó el visitante, en abierto reproche al ala negociadora de la principal bancada opositora. «No estamos en condiciones de darnos el lujo de mostrar muchas fisuras; hay que tratar de consensuar posiciones», prosiguió en su monólogo. Esta defensa de Roggero tiene marca de autor: el propio jefe de bloque está obsesionado con la idea de que Matzkin y Lafalla quieren reemplazarlo en ese cargo.

Después de hablar con Camaño, Duhalde cumplió con la cita pactada con Ortega y, a solas, compartieron un pejerrey grillé en el comedor del Senado. Hacía un mes que no se veían en privado -disfrutaron un día de campo en Luján, donde Palito fijó domicilio legal-, y ya era hora de bosquejar la elección de 2001. El tucumano no se dio por aludido del deseo de Duhalde de ser candidato a senador. Palito ha apostado sus fichas a renovar la banca en representación de sus comprovincianos por adopción. Según el plan acordado inicialmente, a Duhalde le correspondería encabezar la boleta de diputados bonaerenses. Esta vez en serio y no como suele hacer cuando debe revalidar blasones domésticos en la provincia (se postula a gobernador o a presidente y, al mismo tiempo, lidera el lote de legisladores nacionales en la interna para, luego de los comicios, ceder esa plaza). El frustrado aspirante a la Casa Rosada puso en suspenso ese esquema, al dejar entrever que le gustaría competir con el caudillo de Chascomús, a quien se mencionó como potencial aspirante aliancista a la Cámara alta.

 
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