El problema posterior fue que se
convenció -y algunos han colaborado en esa
cuestión- de que era la cantante del momento,
que venía para continuar la obra de Goyeneche,
que era el punto de encuentro entre los mayores y
los jóvenes, o que su pasado más emparentado
con el rock le permitía proponer un tango nuevo.Así, por exceso de vanidad
o por falta de autocrítica, desperdició un
talento potencial muy grande y una voz potente y
naturalmente expresiva que le viene muy bien al
tango. Se llenó de clichés, copió al Polaco
-que sabía de esto como nadie- en su camino de
vuelta y se quedó en la cáscara; tomó su
repertorio y su fraseo, olvidándose de cómo y
por qué había llegado el desaparecido cantor a
ese lugar. Su último trabajo -«Cuando el
río suena», producido por el uruguayo Jaime
Roos- la sacó en buena medida y
afortunadamente de ese lugar.
Fue su productor
el que supo aprovechar al máximo todas sus
posibilidades. Allí cantó murgas, candombes,
milongas y varios tangos de ambas orillas, y por
momentos volvió a ser la mejor Adriana Varela,
la más auténtica, la menos estereotipada. Pero
el show en vivo de presentación del álbum la
devolvió a su lugar más convencional.
Acompañada por una banda numerosa integrada por
músicos argentinos y uruguayos, con un
repertorio fundamentalmente centrado en el tango
-están todos los temas del disco pero también
unos cuantos de su repertorio más habitual-, lo
mejor llegó de la mano de los títulos más
nuevos para ella y en los temas no tangueros. En
el repertorio goyenecheano -curiosamente, el más
festejado por la gente- volvieron a aparecer sus
clichés, sus «fraseos» exacerbados y carentes
de fondo; en definitiva, su copia deslucida del
maestro.