Hasta ese momento, Disney se
había lucido combinando temas populares con
dibujos, y había amagado con algo de música
clásica en sus «Sinfonías Tontas», que
eran unos cortos muy celebrados. Hacer todo un
largometraje, y encima con música clásica,
resultaba un riesgo inédito. El público común
podía quedarse afuera, y el público erudito
podía ofenderse. De hecho, varios melómanos se
molestaron al ver el «Cascanueces»
convertido en un ballet de hongos chinos y
pescaditos, o «La danza de las horas»
ejecutada por avestruces, cocodrilos,
hipopótamos y elefantes en tutú.Ni qué hablar de «La
sinfonía pastoral» llevada a un ámbito
entre tierno y jocoso de placeres
greco-infantiles. Inclusive hubo quejas contra
los fantasmas de «Una noche en el Monte
Calvo». «Mussorgski es más profundo»,
dijeron los críticos, aunque uno de ellos, el
historiador Lo Duca, aceptó que a fin de
cuentas «todos deben tener el derecho de
dibujarle un par de bigotes a La Gioconda (...).
Quizá exigimos demasiado a Disney: él no es
responsable tan sólo de su lápiz, sino de una
fábrica de poesía. Como quiera que sea, hay que
envidiar al pueblo para el que Disney ha
concebido tal obra».
Previamente se
había ofendido Igor Stravinski, cuando Disney
le mandó un cheque con la siguiente esquela: «Le
ofrezco 5.000 dólares para usar su música en un
dibujo. Si usted rechaza nuestra oferta, igual
vamos a usarla». Es probable que a Stravinski
le haya fastidiado un poco ver luego su «Consagración
de la primavera» interpretada por amebas y
dinosaurios, pero quizá lo que más le molestó
fue la cifra del cheque. Es sabido que él
firmaba sus contratos con un $, igual que el
signo dólar.
Quien quedó
plenamente satisfecho fue el director de orquesta
Leopold Stokowski, que aparece en la
película, y fue además uno de sus gestores.
Según la anécdota, todo empezó cuando ambos
coincidieron en un mismo restorán. Disney
invitó al músico a su mesa, y durante la
conversación se entusiasmaron con la posibilidad
de acercar la música erudita al público
popular. «El aprendiz de brujo», con la
reunión final de Mickey junto a Stokowski,
sería la idea más celebrada en ese momento y a
lo largo de casi 60 años (baste recordar que es
el único «episodio» que reaparece en la nueva «Fantasía»).
En la
Argentina
Convertido en
embajador de buena voluntad, en 1941 Walt
Disney recorrió parte de Latinoamérica.
Así llegó a Buenos Aires el 8 de setiembre de
ese año, estrenando «Fantasía» el 9,
en el Broadway, con éxito rimbombante. A partir
de ahí, se dedicó a recorrer diversos lugares y
a recibir homenajes. Entre ellos, figuran un
almuerzo de la Asociación de Dibujantes,
presidida por Ramón Columba (el de «El
Congreso que yo he visto»), y una cena de la
Asociación Cinematográfica Argentina, especie
de mutual que acababa de crearse, y aún existe,
y que declaró a Disney como su socio
honorario número uno.
Entre los
recorridos, se mencionan las tardes pasadas en el
hall del Opera y el del Gran Rex, donde casi
6.000 niños pobres vieron gratis «Blancanieves»
y otros dibujos. Allí, precisamente, Disney
(también él, en su infancia, un niño pobre) y
sus ayudantes Norman Ferguson y Thomas
Hee se dedicaron a dibujar a la vista del
público. Otro tanto hicieron en un circo
instalado en un baldío de Flores, al que
llegaron de sorpresa.
Visita de
negocios, en cambio, fue la que Disney
hizo a la Argentina Sono Film, donde arregló que
el entonces joven director de melodramas Luis
César Amadori se encargaría del doblaje
para el mercado hispanohablante de sus dos
próximas películas: «Bambi» y «Dumbo»
(lamentablemente, las copias ahora disponibles de
esas películas tienen otro doblaje, hecho
posteriormente en Centroamérica).
Disney
también aprovechó para conocer al caricaturista
argentino Florencio Molina Campos, cuya
obra había visto en Norteamérica. Dicen que un
buen día se apareció de improviso en el
domicilio de éste, Pacheco de Melo 1857, con
toda su comitiva. Lo recibió Elvirita, la
esposa de Molina Campos, y ahí arreglaron
para un asado criollo en el rancho que el
tradicionalista criollo tenía en Moreno, a
orillas del Reconquista.
De ese día son
las famosas fotos de Disney tomando mate y
comiendo empanadas, envuelto en un poncho pampa,
propiedad del dibujante nativo. Poco tiempo
después, el visitante siguió rumbo a Mendoza y
a Chile. Según la leyenda, se desvió hasta
Bariloche, donde vio el bosque de arrayanes que
lo inspiraría para hacer el bosque de Bambi.
Pero -según lo demostró el periodista Juan
Carlos Portas- ésa es sólo una leyenda. A
lo sumo, por Bariloche sólo pasaron sus
ayudantes.