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Una "Fantasia" por siglo: continúa un clásico Disney

El programa de la nueva versión

Adriana Varela sigue imitando a Goyeneche
Secuela del film de 1940, que su creador había traído a la Argentina

Una "Fantasia" por siglo: continúa un clásico Disney

Escribe Paraná Sendrós

En su momento, Walt Disney consideró la posibilidad de producir una «Fantasía» por año. Pero la obra tuvo poco éxito en los Estados Unidos, donde tardó en imponerse. Ahora que es un clásico, su sobrino Roy Disney decidió cumplir con las expectativas del tío. Con «Fantasía 2000» habrá entonces, si no una por año, una por siglo. Por supuesto, la segunda edición remite a la primera, y también al recuerdo de cuando el dibujante anduvo por la Argentina.


Un encuentro histórico: Florencio Molina Campos y Walt Disney, en 1941. El dibujante argentino se incorporó al año siguiente a los estudios Disney, pero la asociación no prosperó demasiado.
Hasta ese momento, Disney se había lucido combinando temas populares con dibujos, y había amagado con algo de música clásica en sus «Sinfonías Tontas», que eran unos cortos muy celebrados. Hacer todo un largometraje, y encima con música clásica, resultaba un riesgo inédito. El público común podía quedarse afuera, y el público erudito podía ofenderse. De hecho, varios melómanos se molestaron al ver el «Cascanueces» convertido en un ballet de hongos chinos y pescaditos, o «La danza de las horas» ejecutada por avestruces, cocodrilos, hipopótamos y elefantes en tutú.

Ni qué hablar de «La sinfonía pastoral» llevada a un ámbito entre tierno y jocoso de placeres greco-infantiles. Inclusive hubo quejas contra los fantasmas de «Una noche en el Monte Calvo». «Mussorgski es más profundo», dijeron los críticos, aunque uno de ellos, el historiador Lo Duca, aceptó que a fin de cuentas «todos deben tener el derecho de dibujarle un par de bigotes a La Gioconda (...). Quizá exigimos demasiado a Disney: él no es responsable tan sólo de su lápiz, sino de una fábrica de poesía. Como quiera que sea, hay que envidiar al pueblo para el que Disney ha concebido tal obra».

Previamente se había ofendido Igor Stravinski, cuando Disney le mandó un cheque con la siguiente esquela: «Le ofrezco 5.000 dólares para usar su música en un dibujo. Si usted rechaza nuestra oferta, igual vamos a usarla». Es probable que a Stravinski le haya fastidiado un poco ver luego su «Consagración de la primavera» interpretada por amebas y dinosaurios, pero quizá lo que más le molestó fue la cifra del cheque. Es sabido que él firmaba sus contratos con un $, igual que el signo dólar.

Quien quedó plenamente satisfecho fue el director de orquesta Leopold Stokowski, que aparece en la película, y fue además uno de sus gestores. Según la anécdota, todo empezó cuando ambos coincidieron en un mismo restorán. Disney invitó al músico a su mesa, y durante la conversación se entusiasmaron con la posibilidad de acercar la música erudita al público popular. «El aprendiz de brujo», con la reunión final de Mickey junto a Stokowski, sería la idea más celebrada en ese momento y a lo largo de casi 60 años (baste recordar que es el único «episodio» que reaparece en la nueva «Fantasía»).

En la Argentina

Convertido en embajador de buena voluntad, en 1941 Walt Disney recorrió parte de Latinoamérica. Así llegó a Buenos Aires el 8 de setiembre de ese año, estrenando «Fantasía» el 9, en el Broadway, con éxito rimbombante. A partir de ahí, se dedicó a recorrer diversos lugares y a recibir homenajes. Entre ellos, figuran un almuerzo de la Asociación de Dibujantes, presidida por Ramón Columba (el de «El Congreso que yo he visto»), y una cena de la Asociación Cinematográfica Argentina, especie de mutual que acababa de crearse, y aún existe, y que declaró a Disney como su socio honorario número uno.

Entre los recorridos, se mencionan las tardes pasadas en el hall del Opera y el del Gran Rex, donde casi 6.000 niños pobres vieron gratis «Blancanieves» y otros dibujos. Allí, precisamente, Disney (también él, en su infancia, un niño pobre) y sus ayudantes Norman Ferguson y Thomas Hee se dedicaron a dibujar a la vista del público. Otro tanto hicieron en un circo instalado en un baldío de Flores, al que llegaron de sorpresa.

Visita de negocios, en cambio, fue la que Disney hizo a la Argentina Sono Film, donde arregló que el entonces joven director de melodramas Luis César Amadori se encargaría del doblaje para el mercado hispanohablante de sus dos próximas películas: «Bambi» y «Dumbo» (lamentablemente, las copias ahora disponibles de esas películas tienen otro doblaje, hecho posteriormente en Centroamérica).

Disney también aprovechó para conocer al caricaturista argentino Florencio Molina Campos, cuya obra había visto en Norteamérica. Dicen que un buen día se apareció de improviso en el domicilio de éste, Pacheco de Melo 1857, con toda su comitiva. Lo recibió Elvirita, la esposa de Molina Campos, y ahí arreglaron para un asado criollo en el rancho que el tradicionalista criollo tenía en Moreno, a orillas del Reconquista.

De ese día son las famosas fotos de Disney tomando mate y comiendo empanadas, envuelto en un poncho pampa, propiedad del dibujante nativo. Poco tiempo después, el visitante siguió rumbo a Mendoza y a Chile. Según la leyenda, se desvió hasta Bariloche, donde vio el bosque de arrayanes que lo inspiraría para hacer el bosque de Bambi. Pero -según lo demostró el periodista Juan Carlos Portas- ésa es sólo una leyenda. A lo sumo, por Bariloche sólo pasaron sus ayudantes.

 
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